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Eduardo Lagar

Un asuntu complexu

La crisis de la Ópera de Oviedo y la fabulosa biodiversidad cultural de Asturias

El reino de la naturaleza es, en realidad, una república. Todos los seres vivos son iguales ante la ley (de la Física). No hay reyes. No es más importante un ser humano coronado y prófugo en Dubái que un miserable virus, como ha quedado demostrado. En los ecosistemas culturales, diría que ocurre algo parecido y sería cuestionable afirmar que las performances de Abramovic son una mierda prescindible frente a las delicias artísticas del Greco de los Selgas, como a la inversa también recientemente ha quedado demostrado. Por desgracia.

Al igual que en la naturaleza, en la cultura importa más la biodiversidad que la jerarquía. Es la exuberancia de especies la que otorga calidad a los ecosistemas. Asturias es el principado de la biodiversidad paisajística: toda la gradación del mar a la montaña miniaturizada en muy poco espacio. También urbanística: un gran planeta-ciudad que en realidad son tres con sus mil satélites rurales. Reflejo de esa personalidad regional compleja es su ecosistema cultural, extremadamente diverso y vivo para una región minúscula que se supone en depresión demográfica e industrial. Así, lo mismo que nuestra naturaleza suma millones al PIB regional vía turismo porque tiene el cochino jabalí pero también salmones, osos y urogallos (tres especies presentes solo en los ecosistemas menos arrasados), también Asturias tiene su indicador de calidad cultural en que cuenta con un repertorio de diversidad cultural que va desde el certamen de tonada del Filarmónica a la temporada de Ópera del Campoamor. En efecto, como le gusta a decir a la consejera de Cultura cuando entra a explorar berenjenales, la cultura asturiana es “un asuntu complexu”. Por fortuna lo es. Por fortuna hay mil manifestaciones culturales diferentes y valiosas entre los dos extremos de ese eje citado Filarmónica-Campoamor.

Y eso es lo que marca nuestra diferencia. La ópera y la tonada, vigorosas y presentes a la vez y conviviendo en el mismo bosque cultural astur, son el más fabuloso indicador de calidad de nuestra salud cultural. Son “el” indicador de calidad. Entender eso es clave: es el todo multiforme, y no una parte, lo que conforma realmente nuestra identidad, incentiva nuestra economía y convierte a esta región, a la postre, en un lugar privilegiado para quedarse a vivir a gusto. ¿No se creó para eso el Gobierno autonómico?

Importa, consejera, sacar brillo al impagable tesoro de la llingua, que nos permitirá seguir nombrando a todas las cosas de este mundo como si las hubiéramos mamado y también, opino, fortalecerá nuestra menguada autoestima. Pero, del mismo modo, la ópera del Campoamor nos aporta orgullo, placer, belleza e ingresos. Aunque este año, por la ingesta vírica, el aria nos haya salido en números rojos. Como todo lo que no es ópera. Quizá la melodía de esa riqueza lírica debería llegar también a la sede de Suárez de la Riva, cuya fabulosa conexión con la “mujer fuerte” del socialismo asturiano en Madrid debería usarse también para estos domésticos menesteres culturales. No solo para arroparla cuando le toca una “shitstorm” en las redes sociales.

En efecto, este de la cultura en Asturias es un “asuntu complexu” y cuanto más complexu y biodiverso sea, mejor nos irá a todos. El monocultivo, lo vimos con el carbón y el acero, a la larga no le sentó bien a esta región. Ahora que va pasando el covid, quizá sea el momento de salir de la cueva y cultivar, entre otras cosas, este vergel cultural que a veces nos pasa tan desapercibido; que no solo genera felicidad, también riqueza económica. Durante meses, los consejos conservadores del presidente-güelito nos mantuvieron encerrados en casa, con la mantina del sustu en el sofá, a colacaos con galletines. Pero ahora toca salir ya, hacer algo. Una noche en la ópera, para empezar, no estaría mal. Luego a cenar y echar unes cantaraes, claro. Una cosa no quita la otra.

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