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José Ramón Castañón, Pochi

Canciones de libertad

El estruendo en la noche ovetense con el fin del estado de alarma

Hace diez días, sábado por la noche, me dio por ordenar mis compactos, y en esas estaba cuando el bullicio de la calle alteró el extenuante trabajo de casar carátulas con CD. “¡Libertad, libertad,…!”. Sorprendido con la palabra más bella que pueda recoger la RAE, y mi propio código de ser, yo, que ya andaba en pijama, valoré vestirme el traje de fiesta, ilusionado, pensando que aquellos gritos en medio de la noche ovetense fueran el anuncio de que Nigeria estuviera libre al fin de persecuciones por razones religiosas; o de que el punto y final a la represión gubernamental nicaragüense se hubiera producido, o que en Eritrea se diera carpetazo a eso de silenciar a medios de comunicación independientes.

Asomé el focico a fin de despejar cuál de estas u otras libertades fundamentales habían sido recuperadas, sin darme cuenta de que el estado de alarma decaía en aquel momento: aquellos gritos clamaban por un bien teóricamente perdido y supuestamente recuperado. Las hordas de voceras, tuneadas sus mascarillas pandémicas en tangas botelloneros, habían vuelto a confundir libertad con los instintos más animales y la irracionalidad que escupe sobre nuestra condición de seres sociales; miles de energúmenos florecidos bajo cualquier ideología o signo político, habían equivocado una vez más libertad con una anarquía banal del disfrute más descomprometido y narcisista.

Y me pellizqué, aquello no era Madrid, ni Barcelona, ni Salamanca, era mi entrañable y tranquilo Oviedo. (Lo más grave es que al día siguiente comprobé que no eran todo jóvenes, me asusté por las hordas de adultos terraceadores, los miles de gentes que escapaban cual éxodo de liberación).

Volví a la tarea hastiado de mi propio intelecto y, curiosidades del momento, me topé con una cinta casete de título sugerente: “Canciones para una transición”. Aquella joya correspondía a un periodo de la historia de nuestro país muy concreto, pero como la palabra libertad estaba presente no pude más que imaginármela en boca de tarambanas cantamañanas que requieren una transición hacia la cordura, el altruismo y la sapiencia.

Las grandes canciones son eternas y las buenas letras merecen reencarnarse en múltiples vidas, así que si me congratulo en el “si no fuera de todos no sería de ninguno”, es porque alcanza a confirmar que la libertad individual plena no podrá darse mientras la comunidad que habita no goza de buena salud bajo todos los prismas de bienestar posible, y si evoco la frase “será tuya mi frente” es porque pongo por delante de mi propia soberanía, la soberanía del otro, de los otros.

La libertad conlleva responsabilidad, respeto a los demás y un amor de difícil y extraña definición que da pero que vigila, que regala pero condiciona: “el amor que me libera, me robó la libertad”. Si esto no es así, no es libertad; es otra cosa. Les dejo acunado por las palabras de Miguel Hernández en la voz de Serrat: “Para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho”. Lástima que no se escuche más que el propio latido, lástima que hayamos perdido la razón de nuestra libertad, la de miles y miles de corazones que deberían cantar en un único sueño, una libertad que no podemos seguir ensuciando con nuestros banales egoísmos.

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