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La verdadera historia del “otro” Angelín

Las idas y venidas de una de las dos estatuas hermanas que adornaron el Campo desde el siglo XIX

Existen en el Campo de San Francisco dos fuentes donde el agua brota por una cornucopia o cuerno de la abundancia que portan sendos tritones (“cada una de las deidades marinas a que se atribuía figura de hombre desde la cabeza hasta la cintura, y de pez el resto”, según acepción de la RAE). Porque los “angelines” del Campo son en verdad pequeños tritones, pues de cintura para abajo se convierten en peces cuya cola escamosa descansa sobre una tortuga marina.

Lo de “angelines” quizás sea una deformación de “angelotes” (“talla o pintura de un ángel niño gordezuelo”, RAE), o quizás trate de recordar alguna figura que existiera con anterioridad en la fuente de la plazuela del Botánico.

Era esta la principal estancia del jardín de la huerta del monasterio de San Francisco, fundado en el siglo XIII. Con la desamortización de Mendizábal, la amplia finca del convento fue cedida por el municipio a la Universidad de Oviedo, que la acondicionó como botánico.

En el último tercio del XIX, el Ayuntamiento emprendió la tarea de urbanizar el lugar habitual de esparcimiento de los ovetenses, entonces meramente campestre y en la periferia, con el fin de convertirlo en un moderno parque público, y recuperó el botánico para anexionarlo al naciente jardín de ocio.

Por su parte, el convento será demolido en 1902 para levantar en su lugar la Diputación Provincial, hoy Junta General del Principado.

El plan para el Campo consistió en la adecuación de paseos y caminos, con estancias para el descanso y el recreo. Unido al cuidado de la jardinería, también se quiso ornamentar el parque público, con fuentes ornamentales y esculturas.

Además de las ubicadas en el Bombé (la Fuentona, inaugurada a bombo y platillo en 1875 cuando apenas era “un pequeño e improvisado surtidor” con un sencillo chorro donde habría de levantarse una fuente monumental, que una vez construida solo funcionaba en contadas efemérides debido a los problemas de abastecimiento de agua de la ciudad; y la fuente de las Ranas, de inspiración versallesca, que estaba ubicada fuera del propio Salón y al otro lado del Paseo de Chamberí, tramo ajardinado y urbanizado de la carretera que atravesaba el Campo en dirección a Galicia, hoy denominada avenida de Italia).

En 1881 se acordó instalar nuevas fuentes que adornasen los espacios que se iban urbanizando al sur y al este en el Campo. Se encargó a Rodrigo Gutiérrez ir a París para adquirirlas. El proveedor trajo dos fuentes cuyo coste ascendió a 965 pesetas (vid: Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Oviedo, 1881).

Las dos eran iguales, sendas figuras que representan un pequeño tritón, mitad niño mitad pez, sentado sobre una tortuga y con una concha sobre su pecho, en actitud de tocar una cornucopia por donde brota el agua. Uno de ellos se colocó en la vieja “plazuela del Botánico”, que pronto tornará su nombre en plazuela del Angelín.

La segunda figura servirá de adorno a una de las praderas que protegían el nuevo paseo del Campo que se acondicionó entre 1881 y 1884 para dar forma a la franja del parque que colindaba con la nueva y amplia calle Uría: los Álamos.

Así pues, los dos “angelines” han adornado el Campo desde finales del XIX con sus chorros de agua casi vaporizados.

Abandono, robo y recuperación

Ahí se mantuvieron hasta que el abandono se apoderó de sus cuerpos, primero, y de su fontanería, después, durante la segunda mitad del pasado siglo.

Ambos se quedaron sin agua y, poco a poco, fueron perdiendo parte de sus cuerpos. En los años ochenta, el Angelín de la plazuela situada junto al jardín y estanque de Nuestra Señora de Covadonga perdió el brazo izquierdo y la mitad del derecho, mientras el resto sucumbía en su batalla contra el óxido. El de los Álamos, sencillamente desapareció un día de 1986, sin que nadie se diese cuenta hasta que lo denunció la prensa.

El primero fue restaurado durante el mandato del alcalde Antonio Masip e inaugurado con todos los honores en abril de 1991, a un mes de las elecciones municipales, con la presencia del cronista de Oviedo, Manolo Avello; un reducido grupo de escolares; y quien escribe estas líneas, como redactor de LA NUEVA ESPAÑA. Masip calificó su recuperación como “la mejor obra de mi mandato”.

Pero la reconstrucción no fue completa, pues el fundidor, Julio González Martínez, de San Claudio, no sabía qué podía portar la figura en su mano izquierda. Las viejas fotografías no dejaban ver con claridad la mano del tritón. Ante la duda, decidió ponerle un pergamino enrollado, por donde brotaba el agua.

Más tarde, durante las investigaciones realizadas durante los tres años precedentes a la publicación en 1996 de mi libro “El Campo de los Hombres Buenos (Historia del Parque de San Francisco de Oviedo)”, se pudo efectuar todo un descubrimiento: el Angelín perdido de los Álamos.

El hallazgo fue obra de mi hermano, Carlos Casaprima, a quien un amigo le avisó de la posibilidad de que fuera una pieza oxidada y en muy mal estado que había en un almacén de chatarra en el occidente asturiano. Allí se personó. Y no dudó un instante en adquirir el tritón por 60.000 pesetas de las de 1995 para donarlo ipso facto al Ayuntamiento con el fin de que se procediese a su rehabilitación y posterior recolocación en su ubicación original.

La pieza estaba muy deteriorada: completamente oxidada, le faltaba el brazo derecho y la cabeza venía aparte, despegada del cuerpo.

Pero la conservación del brazo izquierdo permitió identificar que el objeto de su mano era una cornucopia o cuerno de la abundancia por el que brotaba el agua.

Así pues, la donación del Angelín perdido permitió al fundidor Julio González rehabilitar definitivamente el Angelín de su plazuela, retirando el supuesto pergamino para colocar la cornucopia. A su vez, esta pieza sirvió de base para devolver el brazo diestro amputado al del paseo de los Álamos, que retornó el 26 de abril de 1996 a su ubicación.

Julio González Martínez tardó 120 horas en rehabilitar el tritón que ahora hay quien dice, infundadamente, que es falso. Pero ni es impostor, ni molde del otro, sino la pieza original convenientemente restaurada (vid reportaje en “La Voz de Asturias” del 5 de mayo de 1996, sobre la recuperación de los “angelines” y jarrones del Bombé efectuados por el citado fundidor).

Pero si alguien ahora considera que el tritón que acaban de quitar del pequeño estanque que presidía mirando a los Álamos es falso o no es original, solo tiene que devolverlo a la persona que pagó por su recuperación para el Campo y los ovetenses. Así dice el documento de cesión: “La donación se efectúa con la finalidad de que la figura pueda volver a erigirse en la fuente que antiguamente adornaba. Y para que así conste, que la figura fue donada, sin compensación alguna, y que únicamente me mueve el amor que la familia Casaprima siente por su ciudad natal, Oviedo, y por el Campo de San Francisco, se extiende este documento que acompaña a la figura entregada. Oviedo, 17 de noviembre de 1995” (firmado por el donante, Carlos Casaprima, y el Jefe de Parques y Jardines del Ayuntamiento, Juan Carlos Menéndez, persona encargada de su recepción).

Si con la figura de Neptuno no se puede cumplir la condición de que sea repuesta en su lugar original, el Montiquín, pues ha cambiado por completo, no ocurre así con el Angelín de los Álamos, que fue cedida para “volver a erigirse en la fuente que antiguamente adornaba”. En todo caso, no existe inconveniente alguno por parte del donante en que se desplace a otro lugar del Campo para que el rey de los mares luzca ante los paseantes de los Álamos, mientras no se insista en el error de calificar al Angelín como “falso” o simple “molde”.

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