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Antonio Masip

La crisis con Marruecos

Las difíciles relaciones entre España y su vecino del Sur

En mañana bruselense, picó la puerta de mi antiguo despacho de la planta oncena del Parlamento Europeo el señor embajador de Marruecos. La esclavista seguridad había sustituido nombres por guarismos que confundieron al diplomático, citado en puerta próxima. En escasos minutos reclamé mínimo de humanidad con los saharauis que juzgaban en Rabat cuya observación, procesal y humanitaria, me encargaría la UE.

Humanidad, mejor en mayúscula, falta en despótico régimen. No sorprende lamentar auxilio a ciudadano de antigua colonia sin descolonizar, ONU dixit. ¡Mínimo de Humanidad! ya reclamaban tratados ginebrinos. Marruecos responde con violencia a compasión. Llegará día que no solo Naciones Unidas y OUA, que ya lo hacen, sino gobiernos pragmáticos asumirán, íntegros, los Derechos Humanos, pues todo parte de los acuerdos de Madrid, que firmó Arias Navarro.

Hace años visité, también como parlamentario, Ceuta, conociendo la tensión, menor a la actual, el Centro de acogida y al Presidente de la ciudad, que sigue en el puesto. Son ineludibles derechos imprescriptibles en el Sahara Occidental y no menos deleznable la utilización marroquí de menores famélicos o forofos del fútbol. Ya lo hizo Fidel Castro expulsando a USA enfermos psiquiátricos. Los iraníes secuestraron americanos en respuesta a la enfermedad exiliada del Sha. Y, en mi tiempo municipal, a nuestra diminuta escala, constaté cómo dos alcaldes, ¡preferible no nominar!, pagaban por trasladar chabolas a Matalablima.

En Ceuta estuve con provocador diputado de Liga Norte/Lega Nord, al que defendí luego del procesamiento de juez milanés por consecuencia, a mis entendederas, con absoluto derecho a opinar durante mandato.

Precísase Marruecos en su sitio sin tolerarle invasiones extraterritoriales.

Aquel embajador se confundió conmigo; yo no con él.

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