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Gonzalo García-Conde

Sabina como concepto

La banda del cantautor dio a su público justo lo que quería

Hay unas pocas canciones muy viejas de Joaquín Sabina que me gustan. O, mejor dicho, que me resultan entrañables. Me refiero a “Pongamos que hablo de Madrid”, “Princesa”, “Calle Melancolía”. También me gustaba Javier Krahe. Desde aquellos lejanos años de La Mandrágora mi interés por su carrera fue decayendo. Quizá por eso quería escribir sobre el concierto del viernes en el Campoamor esquivando su nombre, ya que él no estaría sobre el escenario. Pero asumo desde el primer párrafo que esto es imposible. Me guste mucho o poco, Sabina es Sabina. Una sombra flacucha pero excesivamente alargada como para ser ignorada.

Sabina como concepto

Reconozco que, con estos antecedentes, habría sido legítimo rechazar la invitación de La Nueva España a escribir sobre un concierto que se titula “Noche Sabinera”. Y a punto estuve de hacerlo, hasta que recordé una entrevista reciente de Pancho Varona (eterno Sancho del Quijote Joaquín y cara vista de este proyecto) en la que decía algo con lo que me sentí identificado: Siempre que se sienta a escuchar algo de música lo hace con el convencimiento de que le va a gustar. Después ya se permite ser exigente, pero de mano la actitud siempre es la mejor, evitando los prejuicios. Así que fui al Campoamor sabiendo a lo que iba, pero esperando fervientemente pasarlo bien.

Lo que más me gustó de la “Noche Sabinera” fue ese regusto a concierto de colegas en una sala pequeña. Esa estética de rockeros sentones y trasnochados con camiseta negra de Fender y sombrero woody, esa actitud de anécdotas, bromas privadas y gintonics entre canción y canción. Me gustó el postureo indolente de Varona, la fe ciega que ponía en las canciones Antonio García de Diego y esa mezcla entre vedette y mezzosoprano flamenca que es Mara Barros. Su poderío vocal se llevó los mejores aplausos de la noche.

Escuché alguna canción que me tocó la fibra de los recuerdos, muy especialmente la versión de “Con las manos en la masa”, de Vainica Doble, que me transportó a las largas tardes de televisión de mi infancia. Pero lo que más me hizo disfrutar fue la sencilla felicidad del público recitando versos sentados en sus butacas. Desde luego no era un concierto para muchachitos, allí teníamos todos cierta edad ya. Pero la música sabinera apela a nuestro perfil más juvenil, a la rebeldía y al enamoramiento. Es la receta de la eterna juventud.

Al despedirse, la banda firmó un bombín de los que usa Sabina en los conciertos y se lo lanzaron al público. Un último guiño al jefe. Las “Noches Sabineras” saben quién son, como llegar al corazón del que les escucha. Pasan por Oviedo y continúan su gira infinita, que sólo cesa cuando realmente se sube el poeta con ellos al escenario.

Esto no es un concierto tributo a Sabina. “¡Somos la banda de Sabina!”, gritó Varona. Me hizo pensar que lo que estaba viendo no era un homenaje al artista, pero sí lo era en realidad para su público, que también lo merece después de cuatro décadas de fidelidad. Así mandaron a tantos a sus casas una noche más, tarareando las canciones que son banda sonora de sus vidas. Misión cumplida.

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