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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

El poder de los símbolos

El triunfo de Oviedo Filarmonía, “El León de Oro” y cuatro solistas con la “Novena” de Beethoven

La orquesta Oviedo Filarmonía (OFIL) debutaba, con la última sinfonía de Beethoven, “La novena”, todo un reto musical que trasciende las barreras de la partitura para convertirse en una de las obras más célebres de la historia de la música por las innumerables connotaciones que lleva aparejadas. Para afrontar la interpretación de esta magna obra, confluyeron sobre el escenario, además de la OFIL, el coro gozoniego “El León de Oro” y cuatro solistas nacionales de nivel más que contrastado, que hicieron colgar en taquilla el cartel de “localidades agotadas” ante el mejor final posible para el “Proyecto Beethoven”, en una velada musical con sabor a clausura de temporada.

Durante el primer movimiento, se percibió a una orquesta bastante versátil, con un sonido rotundo y compacto, con ligereza y cierto equilibrio, moldeando bien los balances entre los temas más enérgicos y temperamentales del genio de Bonn con otros más líricos y melódicos. El director Lucas Macías, muy elegante en su gestualidad, como siempre plástica y visual, con su ya proverbial dirección de memoria, optó con inteligencia por un “Scherzo: Molto vivace-Presto” muy sereno, con aplomo y pragmatismo, aportando la calma justa desde el pódium y manteniendo un nivel notable durante todo el número.

Cuestionable la entrada de los solistas en el tercer movimiento, que obligó a un pequeño impasse en mitad de la sinfonía para que el público les brindara una entusiasta acogida. Este Adagio evidenció un esfuerzo de la orquesta, centrándose en la articulación y el color sedoso de la cuerda, deslucido por la emisión de las trompas, buscando el equilibrio en un número algo desdibujado y con altibajos.

Pero todo el mundo esperaba el Presto final. Con el canon, en el que ya se plasma el archiconocido tema, la OFIL recobró fuerza, color y unidad para fundirse con los cuatro solistas de la noche. El asturiano David Menéndez mostró su plenitud vocal con una proyección asombrosa y unos graves atractivos, mientras que el tenor Mikeldi Atxalandabaso lució una voz límpida y brillante. Por su parte, Vanessa Goikoetxea aportó calidez y mostró un registro muy amplio, mientras que la mezzo Marta Infante evidenció su capacidad con presencia y un timbre imponente. El coro “El León de Oro” respondió al reto con un sonido homogéneo y bien empastado, a pesar de las dificultades que entraña el uso de las mascarillas. Bien equilibrados entre hombres y mujeres, seguramente unos efectivos más en las voces blancas habrían redondeado su actuación, en la que la OFIL debería haber arropado algo más a la formación de Marco Antonio García de Paz, ya que se trata de una obra muy exigente a nivel vocal por su potencia y tesituras algo extremas, de las que los luanquinos salieron airosos.

En definitiva, un concierto que muestra el nivel que ha ido adquiriendo la orquesta ovetense, creciendo a la par que su director titular, Lucas Macías, hasta atravesar, en la actualidad, un gran momento de forma, ganando en confianza y madurez y enfrentando una “oda sinfónica” compleja donde el coro gozoniego y los solistas supieron mantener el nivel de una interpretación con detalles a mejorar, pero notable y esmerada en líneas generales que nos aportan un regusto de esperanza de cara a la nueva normalidad musical y nos refuerzan en el hermanamiento social gracias al poder simbólico musical de “La novena sinfonía”.

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