Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Emilio Cepeda

Las crónicas de Bradomín

Emilio Cepeda

En un minuto, retrato más, mejor y más barato

Los fotógrafos que poblaban el Campo San Francisco a finales del siglo XIX y principios del XX

Solían ser una imagen típica a finales del siglo XIX y primera mitad del XX en parques, plazas y en las fiestas populares. Artesanos de la cámara oscura, del cajón, verdaderos alquimistas de la fotografía y del saber de un oficio: los minuteros. Profesión que había nacido como alternativa a la fotografía de estudio, permitiendo a las personas con pocos recursos hacerse un retrato rápido y por un módico precio. A ese boom que representaron los minuteros no sería ajena Oviedo. Quiero traer hoy a esta crónica, algunos de los más significativos, populares o que más tiempo estuvieron establecidos en el parque ovetense.

Máximo (a) “Mataperros”. (Por un perro que maté mataperros me llamaron, dice el refrán). Era un tipo socarrón de elevada estatura, ancha espalda, faz mofletuda y enormes manos. Tocaba su cabeza con un sombrero alado de fieltro, y sobre su atuendo de calle un blusón “caqui” de faena. Mujeriego y picarón (verdadero azote de las chachas). Sentía tremenda aversión por la competencia que solían establecer sus colegas de oficio, llegando incluso a las manos. Algunos años después acabó con un tenderete de compraventa de objetos viejos en el rastro del Campillín.

Ángel Lafuente (señor Lafuente). Un palentino que recaló en Oviedo, después de dejar su profesión de fotógrafo de feria (aquellos del disparo de magnesio). Era persona con un carácter bastante retraído, en la que destacaba su fuerte y aguardentosa voz, derivada de sus abundantes libaciones mañaneras de cazalla y coñac. Trabajaba la fotografía humorística, consistente en posar tras unos paneles en los que figuraban pintados: toreros, futbolistas, escenas del “far-west”, etcétera. Estuvo años establecido en el Campo San Francisco, antes de volver a la fotografía de barraca para de nuevo recorrer las ferias de diferentes localidades.

“El Chele”. Dice el informante que nunca supo el nombre propio ya que todo el mundo lo trataba por el apodo. Fue uno más de los artesanos del trípode de una época. Maragato de nacimiento, era hijo de un conocido chamarilero y jugador de ventaja, en un juego denominado “pera o manzana”. Fue uno de los que más tiempo estuvo establecido en el campo ovetense. De mediana estatura, chato de nariz, estrabismo convergente en uno de sus clisos y siempre tocado de cabeza con una boina encasquetada, y bata de color pardo. Dicharachero, suave en el diálogo e incisivo en la ofensa. En las fases del mal humor solía adornar fuertemente sus juramentos.

Antonio Martínez “El Cazurru”. Antonio se hizo fotógrafo con vocación tardía. Habiendo sufrido un accidente en su profesión habitual, albañil, del que quedó medio impedido. Un buen día apareció con su cajón y trípode, sentando plaza en el Campo San Francisco, que era coto vedado de los ya asentados. Ni que decir tiene que no vieron con buenos ojos la llegada del intruso, dando al tiempo motivo para disputas de tono mayor. Poco más tenía “El Cazurru” que relatar como persona, salvo que se había distinguido elevando la tarifa de precio que solía estar establecida. Alguno de la competencia puso en su artilugio fotográfico un reclamo que decía: “En un minuto retrato, más, mejor y más barato”.

Dejo para el final a Josefa Carril, “Josefa la Torera” también conocida como “Josefa La Burrera”. A día de hoy inmortalizada en lo que fuera su entorno laboral. Poco se puede decir ya de esta mujer que no se haya escrito. Fue sin duda la más original, popular y longeva de todos los minuteros habidos en el Campo. Hembra pulcra, pechugona y bien plantada. Muy solicitada de amoríos en sus mejores años. Personalmente llegué a conocer, y a tratar, a su marido Antonio Hernández, el cual continuó establecido hasta bien avanzada la pasada centuria.

Como nada es eterno, el negocio de la fotografía artesanal cayó en picado. La invención del carrete de papel y la progresiva aparición de la cámara portátil, Leica, resultó letal para los minuteros.

Compartir el artículo

stats