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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Sancta Ovetensis, Wamba superstar

Los secretos de la campana de la Catedral

Nuestra pobre Catedral solo tiene una torre. No está muy claro por qué. Pero esto no ha sido un problema para los habitantes de Vetusta a lo largo de la Historia. Clarín afirmaba en esa primera página sublime de La Regenta que “La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo”. Una larga descripción en la que, hablando del templo, parecía estar introduciendo ya los rasgos de carácter de la sociedad que desarrollaría en la novela.

Nuestra Basílica de San Salvador es un edificio discreto entre los de su mismo rango. No tiene esa belleza exagerada de las catedrales de Burgos o de Santiago. Esa presencia desproporcionada de la Giralda o la Pilarica. La Sancta Ovetensis tiene la sobriedad exterior del que no tiene nada que demostrar. Por explicarlo de una manera llana y asturiana: sabe que ella es España y que las demás están en tierras reconquistadas.

Su grandeza no reside tanto en lo que muestra como en lo que guarda: pertenece a la esencia y tradición del camino primitivo de la peregrinación compostelana. Acumula con igual mimo sus mitos, reales o fabulados, tanto como las reliquias y tesoros de la Cámara Santa: la Caja de las Ágatas, cumbre de la orfebrería prerrománica; el santo sudario; las cruces de los Ángeles y de la Victoria; la leyenda del torpe robo de los ochenta; el encierro huelguista de Duro Felguera mediados los noventa; superviviente de guerras y atentados revolucionarios.

Hace diez años tuve la oportunidad de trepar por sus recovecos hasta lo alto del roque. Conocer lo que no suele estar al alcance de los turistas. Fue uno de esos planes a medio plazo que te proponen y dices que sí, pero luego llega el día y te da una pereza mortal. Pero una de mis cuñadas se había esforzado tanto en conseguirlo, lo había organizado con tanto cariño como una actividad para compartir en familia, que fue imposible negarse. Menos mal, porque resultó ser un planazo. Alcanzado el campanario me sentí como si mis ojos fueran los de esa torre que observa, cuida y vigila. Una perspectiva nueva sobre mi ciudad decadente, sesteante y vieja. Como si realmente viviera dentro de La Regenta. Ese día extraordinario me presentaron a Wamba, nuestra campana. La más longeva de la península. Ya la conocía por su tañido pero no por su apelativo. Wamba, pensé saboreando su musicalidad, vaya nombre exótico. Tiene una sonoridad entre onomatopéyica y africana. Parece que provenga de alguna cultura mucho más cálida y primitiva que la nuestra.

Nada que ver. Qué decepción, qué sorpresa cuando me explicaron que se llamaba así en honor a uno de aquellos reyes godos cuya lista inacabable ya no me tocó estudiar, afortunadamente. Un monarca guerrero y medieval al que destituyeron gracias a una sutil intriga palaciega. Le drogaron para ordenarle sacerdote, obligándole así a abdicar del trono.

Lo he buscado en internet: hay una estatua de ese Wamba rey en la Plaza de Oriente, en Madrid. Lamento decir que, efectivamente, en esa imagen parece estar claramente drogado. Bailando con faldas y un micrófono en la mano, como si fuera uno de los “Village People”.

Ha dicho el campanero Llorenç Barber, que nos ha visitado estos días, que la Wamba campana tiene un sonido ronco, más como un bluesman, herencia superviviente de una biografía de lluvia, incendios, terremotos y cañonazos. A pesar de que actualmente su tañido está ya informatizado y eso nos da una perspectiva de pérdida de las tradiciones y de los oficios, Wamba Superstar sigue dando voz a ese poema de piedra al que se refería Leopoldo Alas, delicado himno de dulces líneas de belleza muda y perenne.

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