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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

Un concierto mágico

La OSPA sorprende con una propuesta diferente y atractiva en su concierto extraordinario de San Juan

Un concierto mágico para una velada mágica. La noche de San Juan se ha colado en la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA) gracias a una propuesta diferente, que ponía en liza dos obras de una estética similar, en un entorno como la sala Sinfónica del Auditorio Príncipe Felipe, reconvertida para la ocasión en un paraje natural y misterioso gracias a los juegos de humo y luces que contribuyeron a generar toda esta ambientación misteriosa que sorprendió gratamente a los asistentes. Acompañando esta puesta en escena, dos obras del compositor asturiano Javier Blanco que inciden en la evocación de la naturaleza y la fantasía a través de piezas muy cinematográficas: “El libro de los lugares perdidos” y “Asturia”.

La primera de ellas es equilibrada en sonoridades y poliédrica en cuanto a las situaciones que recrea, con un primer número de gran calidez por el tratamiento de las cuerdas y las guitarras y la dulzura las maderas, y un segundo movimiento (“Karesansui”), de marcado sabor orientalizante. “Una ciudad en las nubes”, nombre de la tercera pieza, aportó un aire nostálgico e intimista gracias a la célula melódica minimalista desarrollada por Entrequatre y acompañada por los violonchelos y los contrabajos a los que luego se fue sumando el resto de la orquesta, cualidades potenciadas por el tempo que impuso Álvarez sobre el pódium y por una articulación muy aseada. Mayor protagonismo de la Sinfónica en “El salón de los espejos” y un quinto movimiento que supuso una oda a la naturaleza, bello en líneas generales y bien matizado en la sonoridad de las guitarras y la percusión.

“Asturia” conllevaba el mismo planteamiento de la obra anterior, con un especial cuidado hacia la plasmación musical del “paraíso natural”, añadiendo el ingrediente vocal a cargo del Coro de Voces Blancas del Nalón. Si bien la orquesta debería haberse ajustado algo más en ciertos puntos al volumen del coro, los del Nalón lucieron un sonido dulce y redondo, homogéneo y bien empastado, evidenciando cierto esfuerzo por superar a la orquesta, y a las incómodas mascarillas, conformando en el segundo número (“Druidas”) una atmósfera muy fantasiosa y onírica de cierta reminiscencia a piezas clásicas como “La danza del hada del azúcar” del “Cascanueces” de Chaikovski. También “Morir libre” supuso otro momento efectista en la pasada tarde del miércoles, gracias a la bonita melodía ejecutada por el concertino invitado Emanuel Salvador y las vocalizaciones del coro que aportaron un sabor arcaico muy adecuado. César Álvarez, por su parte, supo mover con acierto a la Sinfónica asturiana en una dirección clara y se mostró siempre muy pendiente de indicar las entradas a la formación coral, rubricando en “El fin de una era” un desenlace en piano muy elegante y expresivo. Una iniciativa interesante que, con la estética cinematográfica del repertorio y los juegos de luces, quizá habría sido interesante orientar hacia un público más infantil o juvenil, pero que, con todo, debemos tener muy en cuenta. Una música sencilla pero atractiva y acorde con lo que se esperaba de una propuesta de estas características, firmada por un compositor asturiano, con una orquesta y coro a buen nivel, un cuarteto de guitarras sobresaliente (con una emisión extremadamente pulcra) y un director con las ideas claras. Todos ellos conformaron una velada mágica llena de música.

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