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Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música clásica

Jonathan Mallada Álvarez

Encuentro con la esperanza

Un concierto histórico para la clausura de la temporada con Gustavo Dudamel y la Orquesta del Encuentro

Los veinte segundos de silencio que siguieron a la interpretación de la “Noche Transfigurada” de Schönberg suponen una de esas experiencias inefables que nos regala, de vez en cuando, la música para reconfortarnos con nuestro interior. El profundo respeto que se respiró hasta que el maestro Dudamel bajó la mano izquierda revelan la metáfora perfecta del concierto del viernes: una síntesis de emotividad, trabajo e ilusión que hacen, como expresó el propio Dudamel, “que las palabras sobren en los conciertos porque la música lo dice todo”. Y ese silencio, también.

Encuentro con la esperanza

Los “Conciertos del Auditorio”, organizados por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, no pudieron tener un broche mejor para clausurar la temporada. Y es que el regreso de uno de los mejores directores del mundo (y seguramente el más mediático), doce años después de haber recibido el premio “Príncipe de Asturias”, había levantado una gran expectación que, sin embargo, como viene siendo habitual en los últimos tiempos, no se tradujo en una promoción adecuada: como si todavía nos resistiéramos a creer el sino y la trayectoria de la música clásica que lleva años abanderando, con excelentes resultados, la capital del Principado.

Pero todo quedó eclipsado cuando Dudamel se subió al pódium. La brillantez sonora de la Orquesta del Encuentro se abrió paso desde las tinieblas de la “Noche Transfigurada” hasta dejar un panorama diáfano y luminoso, donde cada frase parecía tener vida propia, siempre bien matizadas, con una dirección muy evidente y un equilibrio notable. Un color sedoso y un sonido compacto; caras de concentración, pero también de entusiasmo, con un Dudamel muy aplicado y enérgico que contagió su espíritu y fuerza a cada uno de los jóvenes músicos que mostraron su inmenso talento sobre el escenario del Auditorio Príncipe Felipe.

El primer movimiento de la “Serenata para cuerdas en do mayor, op. 48” de Chaikovski adquirió una nueva significancia tras las emotivas palabras de Dudamel y se tiñó de una honda expresividad, algo a lo que contribuyó el lirismo arrebatador que encierra este número del compositor ruso. Ataques y retiradas del sonido perfectamente cuidados y una emisión muy pulcra, que hacía percibir cualquier mínimo detalle, fueron las señas de identidad que se apreciaron a lo largo de los cuatro movimientos de esta segunda obra. El “Valse. Moderato. Tempo di valse” mostró el entendimiento y la complicidad del director venezolano con la orquesta, merced a una flexibilidad que no desajustó en ningún momento a los jóvenes músicos, al contrario, se mostraron más celosos que nunca de imprimir la calidez necesaria, muy seguros con el maestro, que dirigió el concierto de memoria. Y es que, a pesar de los pocos días de ensayo, el talento y el convencimiento en lo que se hace suman muchos puntos para lograr los objetivos, como demostró el “Finale” de esta Serenata, donde cada componente de la agrupación exhibió una madurez extraordinaria en la comprensión e interiorización de las intensidades y de las dinámicas. Todo ello hizo vislumbrar, al término de la velada musical, ese “rayo de luz infinito” al que había hecho alusión Dudamel.

A modo de conclusión, al margen de unos resultados artísticos incuestionables, el concierto de Dudamel y la Orquesta del Encuentro supuso el broche de oro a una temporada de conciertos que ha llevado a Oviedo a figuras de primerísimo nivel como Joyce DiDonato, Piotr Beczala, Maria João Pires, Les Arts Florissants, Jordi Savall o Grigory Sokolov. Nada más acertado para clausurar una temporada tan compleja que la calidad y el simbolismo que transmiten la Orquesta del Encuentro y que encarna Dudamel, plenamente convencido del poder que tiene la música para cambiar vidas y, en definitiva, transformar el mundo.

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