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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Pequeña historia de la Argañosa

Homenaje póstumo a Carmina, la última carnicera que resistió en el mercado del barrio

Todas las ciudades crecen y cambian. Oviedo no es una excepción pese a su fama conservadora. En realidad, en ese sentido ha sido siempre una urbe inquieta. Aunque en esas evoluciones sea inevitable perder un poquito de memoria, de esencia, detalles de las personas que protagonizaron sus rutinas. Millares de pequeñas historias que escriben una leyenda comunitaria pero que se desvanecen en el tiempo de manera individual.

A veces pasamos por un lugar que fue escenario de nuestra infancia y de repente el presente desaparece. Los edificios y el asfalto se evaporan. En su lugar brotan frescos y vivos nuestros recuerdos.

A mí se me llenó la cabeza de pasado cuando hace unos días dejé atrás la calle General Zuvillaga y enfoqué la llamada Casa de los Tiros, puerta que fue de la Argañosa y célebre escenario de episodios muy violentos de la Guerra Civil. Hace poco ha finalizado su remodelación y bajo su nuevo revestimiento de fachada han quedado sepultadas para siempre sus cicatrices. Las marcas de munición y metralla que habían sobrevivido como recuerdo mudo de aquella guerra fratricida. Agujeros que llenaron mi infancia de curiosidad, preguntas que nunca formulé porque ya entonces comprendía su dificultad.

La Argañosa que yo conocí tenía una geografía muy distinta a lo que hoy todos conocemos. La calle Marcelino Suárez no era la avenida y arteria fundamental que es hoy. Era una vía rajada por la trinchera del ferrocarril, peligrosa para jugar, estrecha para el tráfico y con una sola acera. Estaba emocionalmente lejos del centro. Muchos matrimonios jóvenes, llegados de todos los pueblos de Asturias, fundaron allí sus hogares y sus esperanzas.

En los bajos de la Casa de los Tiros estaba el mercado de la Argañosa. Unas galerías profundas parceladas en pequeños puestos de alimentación. Fruta, pescado, carne, legumbres, casquería, especies, encurtidos. Vida, voces, ofertas, pillos, regateos. Luego la globalización, que aún no se llamaba así, fue matando uno a uno esos comercios.

Los últimos en marcharse (debía ser más o menos el año 2000) fueron Carmina y Oliverio, que mantuvieron abierta su carnicería, y con ella las puertas de un mercado cadáver, hasta que les llegó la edad de la jubilación.

Ellos vieron crecer y cambiar las calles a la vez que lo hacían sus hijos. Vieron cómo se soterraban las vías, cómo la ciudad seguía expandiéndose a sus espaldas. Allí fueron importantes para el barrio. Los callos de Carmina alcanzaron fama, tan frescos. menudos y bien guisados. Yo, que jugué mucho en su casa, recuerdo aquellos fines de semana que se pasaba toda la familia cocinándolos sin descanso. Aquel olor inconfundible en toda la escalera y patio de luces. Julia y Rubén, sus hijos, y yo por solidaridad, odiábamos aquel olor profundo, imposible de ignorar. Hoy pagaría lo que fuera por recuperarlo.

Ayer me llamó este Rubén para decirme que su madre se había apagado como una vela que llega plácidamente al final de su mecha. Carmina se lleva consigo un pedazo grande de una historia pequeña. La de la trinchera y la de aquel mercado que perdió su espacio en la ciudad. La de los agujeros de bala en una fachada. Pequeñas leyendas que alguien debería recordar. Porque hay más Oviedos que los que se viven en los alrededores de Uría. Un buen platu callos y una cocinera generosa de las que hacen barrio bien merecen una crónica. Con todo el cariño, Carmina. Historia pequeña de la Argañosa.

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