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Carlos Fernández Llaneza

¿Qué es el Campo?

La proliferación en el pulmón verde de Oviedo de actividades ajenas a su naturaleza

¿Qué responderían si les formulara la pregunta que da titulo a estas líneas? Hay varias posibilidades. Podrían contestar que se trata de un parque urbano que ocupa nueve hectáreas en el centro de la ciudad. Quizá podrían inclinarse por afirmar que es una reminiscencia de los huertos del desaparecido Convento de San Francisco. O, tal vez, nunca se han cuestionado qué es o significa este espacio natural. También, por qué no, para algunos podría tratarse de nuestra segunda “arca santa”. Un arca que no custodia valiosas reliquias en competencia con la catedralicia. Alberga memoria ovetense centenaria. Guarda multitud de recuerdos. Cobija sueños. Acopia cientos de miles de imágenes de nosotros mismos, uno a uno, y como colectivo. Atesora vida. Mucha vida. Sí, en esa “arca verde” estamos, en buena medida, todos nosotros. Porque los que hemos crecido a la sombra de los árboles franciscos sentimos que formamos parte del Campo y que el Campo conforma una parte de nuestro propio ser. Y las reliquias que contiene no son objetos viajeros llegados de tierras lejanas envueltos en un halo de historia y leyenda. Son trazos de una vida cotidiana que camina pareja a nuestros pasos. El arca del Campo encierra pequeños destellos de recuerdos, quizá un tanto deshilachados, de fragmentos de una cinta cinematográfica de la que somos protagonistas. Supervivientes a décadas de vida que nos fue alejando, poco a poco, de ilusiones, sueños y quimeras infantiles. Del arca franciscana no emanan fulgentes rayos cegadores. Brotan imágenes de paseos calmos y serenos, unos de la manos de nuestros padres, otros... De inocentes y sencillos juegos de sol a sol. De la Fuente de las Ranas, de la Fuentona, de la del Caracol que saciaba la sed producida por las saladas pipas de la Chucha. Del Paseo del Bombé con sus castañas de indias, armas arrojadizas en batallas otoñales. Del hoy destartalado quiosco del gran Juan Miguel de la Guardia. De los columpios. De Petra. De los barquilleros cargando con sus rojos tambores. De presuntuosos pavos reales. De cisnes que nunca fueron patito feo. De praderías vedadas. De oscuridades cómplices. De degustar bollos balesquidos o mateínos sentados en un bordillo. Del pequeño y familiar aguaducho. De un auténtico oasis en el desierto de la cotidianidad urbana. De un lugar trascendente. De esencia ovetense. Eso podría ser para cualquier carbayón. Por tanto, me duele parte de su presente. Es fácil caer en la tentación de utilizar el Campo para acoger multitud de actividades que no se ajustan a su ser. Durante décadas maltrataron el mosaico de Antonio Suárez, atentando, flagrantemente, contra una obra de arte sobresaliente y única. ¿Es el mejor emplazamiento para casetas hosteleras? ¿Es necesario un restaurante en sus entrañas, tapando la vista de la magnífica composición de De la Guardia? Quizá al Campo haya que seguir dejándolo ser el Campo. Ayer conocí por un querido amigo una anécdota que me viene como anillo el dedo. Durante la alcaldía de José María Fernández Ladreda (Noviembre 1924-octubre 1926) parece que mantenía serias discrepancias con el propietario del Cine Fandiño que, como algunos de ustedes sabrán, se encontraba en el espacio que actualmente ocupa el monumento a Tartiere; pues bien, harto ya de estar harto, que cantaba Serrat, con las ambiciones del señor Fandiño, clamó una frase lapidaria que merecería figurar en lugar destacado: “¡Fuera trastos! ¡El Campo es el Campo!”. Pues eso.

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