Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Carlos Fernández Llaneza

Vuelta al cole

El regreso a las aulas después del verano y el merecido aplauso a los docentes

Oviedo, en septiembre, también tiene un color especial. Cierto es que ya no se produce el éxodo masivo de verano que dejaba la ciudad en estado de estivación hasta que, con los primeros días de septiembre, la ciudad recuperaba el pulso. Hoy la afluencia masiva de visitantes llena las calles. Así que los tiempos en los que los “Rodríguez” se aburrían entre las sombras estivales de Vetusta son, afortunadamente, historia. Septiembre es nuestro mes festivo por excelencia. El Centro Asturiano, un año más, puso el brillante pórtico con sus fiestas en honor a la Santina. Y San Mateo toma el relevo. Pero entre uno y otro se produce un acontecimiento que, en su momento, maldita la gracia que me hacía: la vuelta al colegio. Bien se encargaba la machacona publicidad de “Galerías Preciados”, novedad en mi época de EGB, de aguarnos el fin del verano con sus escaparates y anuncios por doquier con el lema: “Vuelta al Cole”. Como si no fuera suficiente la cuenta atrás que cada uno llevábamos con precisión de reloj suizo para el tan poco deseado retorno a las aulas. Bien es cierto que, visto desde el presente, aquellos años de educación, no siempre agradecida, nos ayudaron, como decía Hesiodo en el siglo VIII a. c. “a ser lo que somos capaces de ser”. Lástima que entonces no lo supiéramos.

Pero hoy me gustaría que estas líneas tomaran forma de homenaje. De reconocimiento a todos los maestros que ayudaron a montar un andamiaje, no únicamente anclado en saberes, sino en valores. Que contribuyeron no solo a que adquiriésemos conocimientos, sino a que fuéramos mejores. Francamente, de lo que aprendí, poco recuerdo. Me quedan muchas enseñanzas, no académicas, que, a lo largo de los años de transcurrir por aulas diversas, aún perduran. Y si algo sobresale son nombres propios. Podría citar la nómina completa de los maestros y maestras que me acompañaron mis primeros años en el casi recién inaugurado colegio de San Pedro de los Arcos. De mi etapa con los salesianos creo que no me dejaría ninguno en el tintero; ¡qué grandes educadores! Y de mi fugaz paso por la UNED sí que no recuerdo ninguno. ¿Demuestra esto que lo más importante son los cimientos? Tal vez.

Y ahora les invito a que traigan a la memoria los nombres de quienes se empeñaban no sólo en enseñar sino en educar. ¿Recuerdan aquellos maestros que les dejaron huella? Y no me refiero a la de una palma de la mano en la cara, que de todo había… sino a los que no olvidaremos nunca. Algunos, adelantados a su tiempo, empeñados en brindarnos la mejor herramienta para que fuéramos libres: la educación.

Estos largos meses de pandemia han supuesto una dura prueba para muchos profesionales como los sanitarios o aquellos que han estado en primera línea. Para los maestros también ha sido un camino difícil. Ha supuesto un duro reto para que, a base de horas de dedicación desde sus casas, ningún alumno se quedara atrás. Así que tenemos razones para agradecer muchas cosas a nuestros maestros. Años después siguen dándonos motivos para el sincero agradecimiento.

Abro el mes de septiembre e, inevitablemente, me ocurre como cuando abro un libro nuevo y fluye ese olor característico que evoca días de aulas, tizas, compañeros y de un futuro, que sin saberlo, nos aguardaba, impaciente, a la vuelta de la esquina.

Compartir el artículo

stats