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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Verdi que te quiero Verdi

“Nabucco” no es mi ópera favorita de Verdi, lo cual no es precisamente un demérito. No por ello deja de ser una de las partituras más hermosas que he escuchado en mi vida. Fluctúa entre lo intenso y lo delicado, pero es una obra temprana dentro de la extraordinaria carrera del genio de Busseto. Quizá por ello le falta ese equilibrio perfecto de otras obras maestras del compositor. Cierto que fue un super éxito, la que le convirtió en un héroe popular, la voz de los italianos que buscaban su identidad como nación. Se tarareaba en todas las casas, reuniones, en los puertos, en el campo, fue la que le situó en lo más alto de las listas de superventas (su equivalente, quiero decir) y le dio nivel internacional.

A pesar de todo, aunque ya nos regala momentos sublimes, aún le quedaba al bueno de Verdi algo por madurar para convertirse en el gran icono de la ópera italiana. “Nabucco” presenta ya las principales señas de su compositor: una orquestación elegantísima, melodías pegadizas e inolvidables, dominio de los efectos dramáticos y, sobre todo, la exigencia y el protagonismo que le concede a las voces. En este aspecto, cabe señalar el uso que hace del coro, que no tiene un papel secundario sino claramente protagonista. Bueno, no voy a ser yo ahora quien descubra a Verdi, y mucho menos en Oviedo, que es una ciudad que lo lleva cosido en su corazón.

“Nabucco” está estos días en cartel en el Campoamor y está cosechando éxitos cada noche de representación. Es lo normal, por otra parte, si es uno de nuestros favoritos y viene acompañado por voces de viejos amigos como Simón Orfilla y Ángel Ódena y nos presenta a nuevos genios como Silvia Dalla Benetta y Antonio Gandía. Qué poderío el de éste último, por cierto, tengo la impresión que hará larga carrera en nuestros repertorios.

El día de mi función, salía yo del Campoamor con los coros verdianos acompañándome en mi caminar aún enganchados en la memoria. Iba pensando en la heroica y gallarda lucha que la Ópera de Oviedo había vivido el 2020. Cómo ampliaron funciones, cambiaron fechas, solaparon títulos, acomodaron voces, trabajaron sin descanso hasta conseguir no dejar a ningún espectador sin su entrada, a ningún trabajador sin su empleo. Cómo fueron un modelo de guerra sin cuartel contra la adversidad. Todo el equipo (voces, músicos, personal del teatro, técnicos) les siguió con los ojos cerrados. Un esfuerzo épico que, sin embargo, el público nunca terminará de valorar en su justa dimensión y que, de hecho, dejó absolutamente indiferente al gobierno del Principado de Asturias, que concluyó su razonamiento negativo afirmando que la Fundación ya sabía los sobrecostes de empeñarse en mantener su programa. Una falta de sensibilidad más digna de un androide que de una consejería de cultura, política lingüística y turismo.

Un nuevo curso, otro septiembre que hace que el año en Oviedo no siga el orden natural de los meses. Vetusta nace en otoño, madura en invierno, vive la primavera y se apaga en verano. Agosto es una especie de trampantojo en nuestra ciudad, lleno de cosas irreales que no vemos el resto de meses: bonito del norte en las pescaderías, por ejemplo, o huecos de sobra para aparcar en el centro mientras el casco histórico se llena de viandantes. Nada de esto es de verdad, lo real empieza ahora. Se mezcla el bullicio de San Mateo con la mística del Campoamor. De manera que sí, me ha parecido que tenía todo el sentido empezar esta nueva temporada lírica, que es también una nueva era, tirando de nuestras señas de identidad: Verdi, “Nabucco”, Emilio Sagi, la OSPA y nuestro sobresaliente coro titular.

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