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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

De irrupciones y otros temblores

Subtítulo opinión 4 col xxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Era 1973 cuando, invitados generosamente por Ludivina G. Arias, Eloina, mi mujer, y yo nos despertamos caídos al suelo en plena noche por un terremoto inimaginado en el estado mexicano de Guerrero.

Luego me topé con otros movimientos sísmicos, temblores, les decían, en Cienfuegos (Cuba), Miami-Dade... También subí a un avión del que hube de bajar de inmediato ante la humareda del volcán islandés Eyjafjallajökull.

Curiosa y extrañamente, una de mis profesoras de francés me enseñaba, no en Corneille, cuyo hispanismo no debía de gustar, sino en una versión inglesa de “Los Últimos Días de Pompeya”. Luego me impresionaron ciudadanos provocando al Vesubio con piedras y moneditas, a la manera de La Fontana de Trevi o de los batracios del Bombé.

En fraseo incontrolado, una ministra ha tenido torpe ocurrencia; mejor le valdría afanarse en salvar definitivamente a Alcoa, el aluminio y su plantilla de trabajadores.

En Bruselas, durante una década, me beneficié mensualmente de tertulia con Raimon Obiols, un excelente político y, también, geólogo vocacional, que me enseñó la gran aportación al conocimiento de la conformación del mundo de los vulcanólogos. Julio Verne, a través del furaco del volcán Snaefellsjökull nos narró el centro de la tierra. Una de las novelas mejores que recuerdo es “Bajo el Volcán”, de Malcolm Lowry, así como me son inolvidables la película “El infierno a las 4” de Spencer Tracy y el cómic de Tintín y Milú, visitando volcán en plena erupción.

En Oviedo, sentí terremoto en mi último año de bachiller, quizá con epicentro en Granada, que debió ser suave pues algunos compañeros de clase, a la mañana siguiente, dudaban de que fuera cierto. En cualquier caso, tengo a los volcanes y a los terremotos, grandes y pequeños, en cercana consideración. Hasta a este, de la joven isla canaria de La Palma.

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