Opinión | Paraíso capital
La caza del verso fugitivo
Para alguien tan indeciso como yo, un programa de mano como el de la Noche Blanca es, a priori, un infierno. Más si lo tengo que leer en el teléfono: un montón de letras apretadas y bailarinas que ponen de evidencia la realidad de la presbicia. La Noche Blanca supone una oferta cultural tan abrumadora como efímera. De antemano provoca ese vértigo de que te vas a perder algo importante. Pero no haremos un problema de esto. Ojalá la vida fuese así, que siempre hubiese que escoger entre cosas buenas sin margen de error para equivocarse.
Después de estudiarlo, de preguntar aquí y allá opiniones al respecto, logré trazar, no sin esfuerzo, un plan que parecía asumible. Media docena larga de visitas, solo un porcentaje pequeño sobre lo programado. No pude evitar cierto estrés al empezar mi recorrido, quedaba mucho por hacer y todo estaba en marcha ya. En la primera parada, edificio histórico de la Universidad, aquello aún me parecía como cazar versos furtivos. Sentía prisa, solo conseguí quedarme cuatro canciones. Suficiente, al menos, para escuchar a Fee Reega recitando su inquietante Varsovia, la ciudad. Capturada, pensé, etapa amortizada.
Me alejé de allí con una pequeña angustia agarrada al pecho que no se disipó hasta que estuve bien metido en la exposición colectiva Al norte (sala Sabadell-Herrero). Los cuadros de Pedro Fano, Federico Granell y Sandra Paula Fernández me devolvieron el optimismo, pero fue un paisaje genial de Jonathan Notario titulado “Burguer in love” el que me sacó una carcajada espontánea y marcó el carácter irreverente de lo que sería una gran noche.
A partir de ahí, los chakras se me pusieron de fiesta y me calcé las botas de siete leguas. Tercera parada, la Banca Electrónica. Las ambiciones de la Noche Blanca pasan por recuperar espacios singulares para la ciudad. Este año los ¡Ah! y los ¡Oh! se los ha llevado la reapertura del antiguo Círculo Mercantil (esquina de Santa Cruz con Cabo Noval), obra cumbre del arquitecto Julio Galán. Edificio tristemente abandonado hace más de quince años ya. Este sábado regresó para mostrar sus cicatrices. Modernismo, placas de pladur, cables pelados, niebla, luces y un volumen atronador conformaban un conjunto post apocalíptico y radioactivo que fascinó a Vetusta. La electrónica Lo-Fi de “The Low Flying Panic Attack” envolvió mi voluntad, me absorbió. Si alguna vez me vuelvo vergonzosamente millonario, lo prometo, contrataré a Marta Brandariz y su socio para actuar en mi casa mientras cocino.
Pero había más noche. Un carrusel hecho de instrumentos en la Catedral, una performance en la Mon, un paso de Semana Santa atascando los accesos a Trascorrales, hasta llegar al espectáculo Vogue del colectivo Snap Bitch. ¿Qué es un espectáculo Vogue? Muchas cosas a la vez. Provocación, baile, travestismo, descaro, color, exhibicionismo y, sobre todo, una celebración de la diversa individualidad. Me contaba Galaxia, una de sus estrellas, que el truco era mezclarlo todo. Sexualidades, sonidos, estilos, talentos, razas y colores. Una tendencia muy actual que, sin embargo, me recordó mucho a la Santa Sebe que conocimos.
Tras la visita obligada a la Fábrica de Armas transformada en discoteca sin barra pusimos rumbo de vuelta al hogar. Pero antes nos capturó la Basílica de San Juan, que cedió por un día en su espíritu bizantino para dejar paso a una hipnótica atmósfera simétrica creada por Playmodes. Una liturgia futurista, algoritmo luminiscente de elegantísimo buen gusto.
Lo más blanco de la noche, lo mejor, fue sin duda que el público de Oviedo tiene agendada ya esta cita cultural y acude en masa a las actividades. Un perfil familiar y festivo que acepta las propuestas sin recelos. Al final, ya veréis, acabaremos por ser una ciudad cosmopolita.
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