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Gonzalo García-Conde

Paraíso Cultural

Gonzalo García-Conde

Polémica en las entrecajas del Campoamor

La representación de “La flauta mágica” dentro de la temporada de ópera

En el mundo de la lírica del siglo XXI, si quieres buscar polémica, donde más fácilmente la puedes encontrar es en el capítulo de las puestas en escena. Ahí es donde reside el riesgo y la vanguardia del género actualmente. Cada vez es más frecuente el uso de tecnologías de perfil electrónico: proyecciones, croma, luces LED... Cabe tanto el minimalismo como el barroquismo. La actualización de las tramas, reubicarlas en otra época o traerlas al presente, está a la orden del día. Incluso, como es el caso de “La flauta mágica” que Ópera de Oviedo tiene actualmente en cartel, se pueden hacer reinterpretaciones integrales del libreto. Desubicar la trama en lo absoluto. Darle una vuelta, ponerla patas arriba.

En cualquiera de estos supuestos, si la apuesta es afortunada tanto como si no, es el público soberano quien debe decidir si le ha gustado, si le resulta indiferente o si le parece deplorable. Las únicas cuestiones verdaderamente indiscutibles que hay en esta vida son la muerte y una opinión perfectamente subjetiva. En esto último soy una autoridad.

Personalmente me gustaron muchas cosas de la adaptación de la ópera de Mozart que propone el escenógrafo Albert Estany. No las comprendí todas, pero en líneas generales la idea de comparar un mundo mágico y mitológico con el universo que se esconde detrás del escenario de un teatro (de nuestro teatro) no me pareció un juego imposible. Me gustó especialmente como homenaje a esos trabajadores invisibles de la cultura: técnicos, maquinistas, electricistas, sastrería, peluquería... ese mundillo profesional que tanto han sufrido durante el cierre. El drama de la clausura de los teatros no es si Rosalía o Raphael tienen muchos conciertos o pocos, sino si el tío que trepa para ajustar bien los focos de sus espectáculos puede pagar el alquiler de su casa o no.

Me pareció divertido el juego de roles que se asignó a los personajes. La Reina de la Noche convertida en gerente del teatro. Sarastro, maestro todopoderoso de poder incontestable, representado como director de orquesta. Las tres damas, tres sastras solteronas y chismosas. El valiente Tamino y Papageno, mozos de carga. Sin embargo, la propuesta no ha tenido buenas críticas. En el patio de butacas había división abierta de opiniones. Es un debate legítimo que no rehuyo. Aunque, y esto es una observación excesivamente personal, muchos de los que se han quejado son, paradójicamente, los mismos que históricamente reclaman el protagonismo para las voces, no para la escena.

Musicalmente, la gran dificultad de “La flauta mágica” no reside sólo en los retos vocales que propone a los cantantes. El reparto está compuesto por dieciséis papeles, dieciséis voces con mayor o menor protagonismo. Resulta un casting muy largo, difícil de equilibrar. Sin embargo hemos disfrutado (y aún quedan funciones) de una Flauta perfectamente compensada, gozosa en lo musical. Extraordinario debut en las tablas del Campoamor para Jaquelina Livieri, Serena Sáenz, Airam Hernández y un elegantísimo Reinhard Hagen, así como para la batuta del maestro Lucas Macías Navarro. Entre los veteranos, Manel Esteve, ya buen amigo nuestro, sumó la seguridad escénica, la vis cómica y la potencia de su timbre barítono. Todos, los dieciséis, estuvieron bien o muy bien. Y la orquesta, y el coro.

Hemos visto muchas flautas mágicas en el Campoamor, y veremos muchas más. Esta, que se celebraba en las entrecajas del teatro, que nos enseñó nuestro reflejo desde el escenario, ha despertado polémicas escénicas pero unanimidad musical. Nos ha presentado una generación de voces prometedoras y otras contrastadas. Me quedo con lo bueno, bendita subjetividad.

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