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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

Estatuas ecuestres

El simbolismo equino en las ciudades

Ángel González estuvo obsesionado por estatua ecuestre ante sus ventanas.

El caballo gusta a escultores unido a caballista. Babieca, Rocinante, Incitatus, Al-Jur/el silencioso, El blanco santiaguino, el Poni Colorado, Plata... Tienen encarnadura literaria, que empezó Homero, soldadesca dentro, ¡sin jinete encima! Los galos entronizaron a Vercingetorix en Clermont-Ferrand. Eduardo Arroyo ridiculizaba el regreso de las Cruzadas con piquero envejecido en quijotesco rocín flaco y cansino. Es también motivo de Julio Iglesias y de los cavernícolas riosellanos. ¿Qué sería de la santificada Juana de Arco sin jumento? ¿Y del galope de la cunqueirana Santa Compaña y sus estandartes? El pequeño corso pierde acomplejada estatura en corcel, sin desdeñar la imagen icónica de penacho, fusta y mano en la desbotonada pechera. Hasta Fernando Botero en su Medellín inmortaliza militarote sudaca, tan tristemente frecuente en desatinos facciosos. Trenor, exalcalde castropolino, atajaba de Figueras a las consistoriales por el tesón, vistosa montura y salpicaduras eotas.

La más audaz estatua ecuestre es la de Felipe IV, de Pietro Tacca, en la madrileña plaza de Oriente, pionera en corveta, apoyada solo sobre las patas de atrás, con faz de diseño velazqueño y cálculos de estabilidad de Galileo Galilei.

La única ciudad con caballos sin caballero es el Oviedo de los asturcones en la Escandalera. Fueron ensoñaciones en Luis Fernández, sentidas de habladurías niñeras. ¡Ojo a la remodelación de la piel de la plazuela, peligran aún más las aportaciones de Antonio Suárez y Manuel Valdés! Los escapistas financieros acertaron, antes de su harakiri, encargando animalario exclusivo del Sueve. Temo nuevo desvío corrupto en renovado El Asturcón. Los nacidos pelotazo son difíciles de remedar.

En las primeras semanas del gobierno astur, fui invitado junto a Jesús Arango, personalidad consecuente donde las haya, a marcar ejemplares por San Roque. Mis hijos siguen recordando a Rutilio Martínez Otero glosador de cocorota y de cuadrúpedos que maravillaban romanos.

Los asturcones se hacen nuestros en esa Escandalera. No hay jinetes fijos pero infinitos guajes encaramándose.

Quitaron el ecuestre despropósito próximo a Ángel en madrileña Sor Ángela de la Cruz. No hay ya ni caballo ni Generalísimo pero el poeta dejó Oda eterna de elegante desprecio.

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