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Carlos Fernández Llaneza

Esperanza

Los deseos para el año que empieza, a la luz de los que se pedían hace unas décadas

A Manolo Avello le fascinaba cada año la floración de los magnolios. Y, para él, era noticia. En el Campo permanece para siempre su figura transformada en bronce por Vicente Menéndez “Santarúa” en 2003 a la sombra de uno de ellos. Supongo que, en ocasiones, hay que fijarse en las cosas más pequeñas y cotidianas para poder así valorar las más grandes. Recordé a Avello hace unos días. Me sorprendió ver una mimosa floreciendo tempranamente. Tal vez, como el almendro de Lope de Vega: “Erró la primavera, y, anticipado, a florecer se atreve”. Anteayer, un paisano en un pueblo de Quirós, que se asoleaba serenamente, me recodaba lo que decían sus mayores: “navidad al sol, pascua al tizón”. Otro de esos viejos sabios que, lamentablemente, vamos perdiendo solía decirme: “tranquilo Carlinos, el invierno no lo comió un gochu”; eso sí, si el cambio climático no altera también el refranero. Así que disfrutemos del sol en este inicio de año que ya lo echaremos de menos. Pero a lo que vamos que me disipo… La mimosa. O el magnolio. Aunque, a veces, algo anticipadamente, invariablemente florecen. Esa eclosión de color siempre me pareció algo mágico. El milagro de la vida. Y también se me antoja acertada metáfora. Un canto a la esperanza. Por duros que hayan sido los rigores invernales, de las ramas secas, brotarán de nuevo flores multicolores. El ciclo vital se completará un año más. Encaramos el año nuevo e, inevitablemente, lo acogemos con incertidumbres, pero también, cómo no, con ilusiones. Llevamos un par de años convulsos. Las noticias sobre crisis sanitarias y económicas copan protagonismo. Todos padecemos cierto hartazgo. Recuerdo de nuevo a Avello. A primeros de año, llegaba a la redacción de LA NUEVA ESPAÑA una carta firmada por Manolín (siete años) en la que enumeraba sus deseos, principalmente, para la ciudad. En ella pedía que por la intercesión de SSMM, se reparase un bache, se eliminaran los ruidos de tal sitio, o se cuidara más el Campo. No faltaba como epílogo su ¡hala Oviedo! Supongo que, a pesar de los años transcurridos, los deseos de Manolín no cambiarían mucho. No faltaría ese ¡hala Oviedo! La petición de mejora de caminos, especialmente en la zona rural (que les pregunten a los vecinos de la zona oeste del Naranco que ven cómo la carretera que recorren a diario es una sucesión interminable de baches). Tampoco faltarían demandas de arreglos en el Campo. Y, revisando antiguos escritos con propósitos de año nuevo, constato cómo muchos continúan vigentes: trabajo de calidad para todos. No más mujeres víctimas de ningún tipo de violencia. Nadie sin un hogar. Ni sin poder afrontar los costes energéticos para vivir con un mínimo de dignidad. Que no falte el calor y afecto a nuestros mayores. Acierto en los planes para el Cristo, la Vega o Santullano; demasiado tiempo coleando. Por supuesto, como dirían en el occidente, a los que supongo sus cartas repletas de anhelos en la mejora de sus comunicaciones, “haxa salú”. Y, en el ámbito político, un poco de tranquilidad y mesura. Tal vez falte un poco de sosiego y sobre un poco de crispación, sectarismo, soberbia e intolerancia. El debate político -o el que sea- se basa en contrastar ideas y argumentos, no insultos. Sustentar la crítica política en el insulto es de necios y “deshonra más a quien lo profiere que a quien lo recibe”. Así lo creía ya en el siglo III a. c. Diógenes de Sinope. En fin, como no puede ser de otra forma, en estos primeros pasos del 2022, mis mejores deseos para esta ciudad a la que, gracias a la oportunidad de asomarme aquí, cada semana, voy conociendo más y amando más cada día. Y, por supuesto, lo mejor para todos ustedes. Esperemos que podamos continuar citándonos semanalmente en estas páginas y que en todo ese camino que nos queda por andar a lo largo del año, aunque no encontremos lo que más queramos, sí hallemos lo que más necesitemos.

¡Feliz año!

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