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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Vinilos de bar en bar

Los pinchadiscos de ayer frente a internet

Hubo un tiempo, que ya pasó para mí, en el que pasaba los fines de semana arrastrando mi maleta de vinilos de bar en bar, poniendo la música que más me gustaba para bailar como un titiritero. Un pinchadiscos mercenario, pensarán algunos, pero no. No me dejaba comprar por cualquiera. Era más bien un esteta, un juglar de canciones ajenas. Tan sólo acudía a la llamada de ese tipo de locales que tenían un prestigio musical, un concepto tan abstracto como indefinible, absolutamente ridículo si se analiza con frialdad.

Por dar satisfacción a esta vanidad era capaz de cualquier esfuerzo: he dormido en el suelo de un caserón medieval; he actuado gratis corriendo los gastos de mi cuenta; incluso en una ocasión me llevé los discos en el equipaje a la isla de Lanzarote para acabar pinchando en un local semivacío, pero absolutamente encantador, una soleada mañana de domingo que podía haber pasado en la playa. Quizá seguiría con estas locuras si mi espalda me permitiese seguir arrastrando semejantes pesos y, sobre todo, si aún existieran ese tipo de bares con propietarios absurdamente románticos y un público capaz de valorarlo. Pero ya no.

La semana pasada os hablaba acerca de “Más moderna que Londres”, ese documental que preparan Carlos Navarro e Iván Martínez sobre la movida de los ochenta en Oviedo. Tuve a raíz de esto varias conversaciones en las que los vinilos fueron los protagonistas. Como ya dije, los bares tenían la música que podían permitirse comprar, la que marcaba su carácter y su criterio. Pero eso dejaba un enorme vacío, que era el de los discos que no se tenían. Esto, que parece una obviedad, no es tan fácil de entender hoy en día donde plataformas como Youtube o Spotify almacenan de manera gratuita toda la música del universo, o casi. Antes robábamos las canciones de la radio, intentando grabarlas al vuelo con un cassette. O pasábamos toda la tarde en Discoteca escuchando las novedades. O te lo grababan en una cinta los colegas. Hoy las tienes todas ahí, en tu teléfono, gratis, a un click.

Me he enzarzado en un debate en redes sobre este asunto con Pelayo Lacazette, uno de los pinchadiscos más elegantes que recuerda Vetusta. Oído fino, mente abierta, su amplísimo repertorio ayudó a educar sentimental y musicalmente a toda una generación de carbayones.

Pelayo, cuya ansia de conocimiento no ha decaído con los años, es más partidario de esas grandes plataformas que le abren un universo melódico infinito. Yo, por mi parte, le argumento que no podría recitar la discografía completa de David Bowie en orden cronológico si hubiese tenido acceso gratuito e ilimitado a su obra en vez de comprarme los álbumes de uno en uno, escuchándolos de manera casi enfermiza y de rodillas mientras sobeteaba y relamía sus carpetas. Hemos tenido que firmar un tratado de paz a mitad de camino, haciendo concesiones ambos, con el ya mencionado Iván Martínez como testigo del armisticio. Internet mola, pero fue muy bonito comprar nuestra colección disco a disco.

Mientras tanto, los Magos de Oriente, ajenos a estas polémicas, me han regalado otra vez un disco de vinilo. Benditos sean. Una edición preciosa y de alta calidad de las “Flores Negras” de Alberto & García, esa banda local que me ha robado el corazón y que camina con paso firme para conquistar el mundo. Al escucharlo en el microcosmos de mi salón pienso que a este álbum ya no le tocará viajar conmigo de bar en bar. Pero quién sabe. Quizá algún empresario trasnochado me vuelva a llamar. Quizá algún loco quiera organizar un duelo a los platos contra el gran Lacazette. Aún no existe la propuesta y yo ya he aceptado. No tengo remedio, todo sigue igual. Mis patéticas tarifas han quedado claras al principio de este artículo.

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