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Antonio Masip

Con vistas al Naranco

Antonio Masip

Tirabuzones de agua (II)

A don Isaías Táboas, Presidente Renfe, fíu prediletu d’Uvieu

AVE o “El País de Nunca Jamás/Neverland”. Barrie, J.M., Peter Pan and Wendy

Atentos lectores se acordarán de mis primos, Joselina y Miguel Barca, detentadores de un manuscrito de García Márquez, caído del balcón de Sarriá, barrio barcelonés, mientras Gabo escribía Cien años de soledad. El texto, “Tirabuzones de agua”, con la tinta corrida, está enmarcado en la casa menorquina de los Barca Fontana. Fallecida Mercedes, viuda de Gabo, que lo buscaba por oídas de amigos comunes, la reclamación quedó diluida y mis parientes poseen el abalorio con despreocupada libertad. La derelición de los bienes muebles es sesuda tesis exculpatoria, que rememora J. Junceda, de mi tío Julio Masip Acevedo. Mi familia paterna compartía Acevedo con Borges, al que nunca tratamos.

Mis primos, “gabopapers”, han tenido el detalle de venir a verme acometiendo periplo de avión, parada y fonda familiar en el rompeolas de todas las españas, tren y autobús que merece escribirse, incluida infrarrealista, que diría Roberto Bolaño, visita al rellano de la escalera de mi madre y sus felices 101 añinos, que, obsesionada anticovid, les ofreció lujosos almohadones carmesís de ribetes dorados para fríos e incomodidad del mármol en espalda y culo, mejor, dada buena crianza, trasero. Mi madre, cien años de heroísmo vital, abría la puerta conversando desde dentro con sus sobrinos que no arriesgaban contagiar entrando.

Los Barca Fontana, o “gabopapers”, habían desechado llegar en avión a Asturias, pues les atraía aterrizar en la calle Uría sin tomar taxi en Santiago del Monte. La primera sorpresa es que sus billetes ponían a Uviéu, es decir, viajaban a destino inexistente; la segunda que el revisor dijo algo “jeroglífico”, “les habrán advertido de que seguramente este tren termina en León y continúan en bus”. Parecía segunda broma por lo que, cercanos al vagón bar, decidieron neutralizar exabruptos con un par de whiskies. no obstante, en el fatídico León escuchan voz lacónica, nada de la amabilidad de la azafata de Chamartín invitándoles a subir al convoy: “Los autobuses a Oviedo y Gijón esperan a la salida a su izquierda”. Resignados se fueron al inmediato coche, patatal carromato extraído del celano viaje a La Alcarria, nada que ver con onírico Alsa de “La vida exagerada…” de Bryce Echenique, donde un chófer, bañado en sudores, les recibió, barriga prominente, resquicio colilla labial:

–Está casi lleno, miren atrás.

–Vale, pero, ¿va a Oviedo? Bueno o ¿a ese otro sitio alternativo del billete?

–¿Oviedo…? ¿Pero no ven que es a Gijón? Prueben en dalante.

Mis primos bajaron y subieron al indicado, con misma castiza parafernalia.

–Solo hay un sitio.

–Pues miren en el otro, delante.

–(Miguel a Joselina): Tú espera sentada, pues por lo menos tenemos una plaza y te llevo en cuello como en el Algarve cuando ennoviamos.

En el tercero, encontraron sitio. Ppara diferir del relato celano nadie retiró gallinas al hacerles hueco pero sí una maceta con palmera. Iniciado viaje, oyeron del fondo:

–¡Maá dexa la plantina y vente que ficieronte sitiu!

Joselina y Miguel quedaron encantados con tres plazas para dos a compartir con palmera. En las aproximaciones de Pajares, el conductor vociferó:

–Perdonen pero esti carru no tien canon ferroviariu pal huerna. llévoles pol´ antigua.

A la altura de Villamanín, el lugar estival de los abuelos que Joselina comparte conmigo, una curva viró la planta sobre Miguel. Este miró para atrás en busca de su dueña, o de su hijo, que estaban plácidamente en brazos de morfeo como Joselina, por lo que, tras reacomodar la palmera, se dispuso también a dormir, por lo menos a dormitar como los demás viajeros del tren, digo del bus, con la testa colgando sin apoyo. En la misma curva, o la siguiente, la maceta quedó sobre sus piernas y, tal como había calculado en arrebato nostálgico de amor y juventud, soñó a Joselina en un Algarve actualizado en Reino Asturleonés y autobús de el cielo protector de Paul Bowles o “El hombre que sabía demasiado” Hitchcock. En esos sueños, la planta hizo varias caricias que Miguel, sin abrir ojos, atribuyó a su amada.

Por fin llegaron, o eso parecía. Se bajaron sin reconocer dónde estaban. ¿En oviedo?, ¿el ignoto Uviéu del billete? o, para mayor inri, ¿en Gijón?

–No, ye Mieres, pa Oviedo buena comunicación: taxi, tren o Alsa cada media hora.

La de la palmera agradeció trato e invitó “a guapa casa indiana, huertina, culines, empanaes…cerquina… en Lena pa cuando el Ave que va pa allí”.

A Gabo, de la Cartagena indiana, no lo encuentran ya en el paisaje de Sarriá. Me consta que los “gabopapers” llegaron, por fin, a Oviedo, aunque no sé si volverán a Asturias. eso sí: siguen teniendo en exclusiva “Tirabuzones de agua” y han vivido magias de Macondo, gracias al ferroviario Sr. táboas, aunque “ta boas” parezca no del boom sino del “pétitprince” y quepa confundir Asturias con asteroide sin ave.

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