Suscríbete La Nueva España

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Jonathan Mallada Álvarez

Crítica / Música

Jonathan Mallada Álvarez

Una Misa para la Semana Santa

Una velada del claroscuros en una cita de la OSPA fuera de abono

La OSPA ofreció el viernes su tradicional concierto extraordinario de Semana Santa, una cita propicia para retomar los programas sinfónico-corales a los que estábamos acostumbrados hace un par de años y que la pandemia borró de un plumazo. Finalmente, esta nueva normalidad que parece imperar desde hace algunos meses brindó la ocasión para escuchar la “Misa en do mayor” de Beethoven, a cargo de la Sinfónica y el coro de la Fundación Princesa de Asturias.

No obstante, la velada musical se inició de la mano de la “Sinfonía número 25” de Mozart, una obra enmarcada en el “sturm und drang” que sirve, en cierto modo, como anticipo al Romanticismo musical y que genera un carácter impetuoso y enérgico en algunos movimientos (como en el allegro con brío inicial o el Menuetto). Óliver Díaz supo manejar a la OSPA con equilibrio e inteligencia, logrando un sonido brillante en la cuerda, bien comandada por Aitor Hevia, y unas dinámicas hábilmente trazadas. Buen nivel, en general, con unas maderas excepcionales pero unas trompas guadianescas que alternaron intervenciones de mérito con otras de emisión algo más descuidada.

Tras el descanso llegaría la misa beethoveniana, con un kyrie de sonoridad muy delicada que seguramente habría requerido un punto más de moderación en el tempo. El volumen del coro, pese a no estar habituados a cantar con las mascarillas, fue más que notable, bien empastado y solvente para superar a una nutrida orquesta, como se pudo apreciar en el poderoso Gloria, efectista y ajustado por ambas formaciones.

Los solistas fueron la nota discordante en la velada musical. Zvetelina Vassileva (soprano) exhibió un gran volumen, pero descontrolado a todas luces, algo que tampoco encajaba con el color de su timbre metálico. Ni el tenor José Pazos, algo plano en sus intervenciones, ni el “barítono” Christopher Robertson (un bajo pleno de volumen y armónicos a quien las agilidades pusieron en apuros) paliarían esta circunstancia que sí se equilibró, en cierto modo, con la mezzo Cristina del Barrio. La segoviana, poderosa y con un vibrato cálido, fue la mejor del elenco solista. Los cuatro estuvieron algo desajustados como cuarteto en el Benedictus.

La expresividad llegaría por parte del coro (en el Credo o en un pulcro Agnus dei), ágil y rotundo, perfectamente soldado a la batuta de un Díaz convincente y preocupado por cuidar el sonido, marcar las entradas y matizar las diferentes frases para aportar esa huella indeleble que poseen las partituras del genio de Bonn. Un concierto con claroscuros y la vuelta soñada para los pupilos de José Esteban García Miranda.

Compartir el artículo

stats