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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Los ochenta son nuestros

El documental de Iván Martínez y Carlos Navarro

Qué cosa maravillosa es la memoria individual. Vale más que la realidad. Ya lo decía Peregrina, personaje imprescindible de “La dama del alba”, la inmortal obra de Alejandro Casona, cuando afirmaba: “Ella no te necesita. Ya tiene tu recuerdo, que vale más que tú”.

El otro día estuve en el Filarmónica siendo parte del barullo que se montó con el estreno de “Más moderna que Londres”, el documental que han filmado Iván Martínez y Carlos Navarro sobre la legendaria movida de los ochenta en Oviedo. Por fin hemos podido ver el resultado. Todos los asistentes al acto, un teatro lleno hasta la bandera, se sentían protagonistas de lo que iba a pasar allí. Veinte minutos antes de que comenzase la proyección, Mendizábal era un hervidero de leyendas, un verdadero baile de vampiros. Muchos de los presentes, antiguos protagonistas de la ciudad, viven ahora plácidamente desaparecidos de la primera plana. Pero era un buen día para desempolvar hombreras, pintar el ojo y recuperar chupas de cuero. En los corrillos, mucho susurro confidencial, mucho “a ver qué cuentan”; “a mí no me han entrevistado”; “yo no salgo, fulanito tampoco, no mencionan a mi bar”. Prejuicios legítimos, medallas autoimpuestas y vanidad de vanidades. No obstante, cuando la proyección comenzó se cerró el turno de las especulaciones.

Lo que Martínez y Navarro nos mostraron fue el resultado de muchos meses de observación, de soltar carrete. Más de quince horas de rodaje condensadas en cinco y, finalmente, comprimidas en dos, sin voz en off ni criterio editorial oficial. Un ritmo frenético de anécdotas, recuerdos y opiniones que se iban superponiendo sin dar tiempo a respirar. Un “si parpadeas, te lo pierdes”. Cuarenta y cuatro protagonistas hablando a pecho descubierto sobre algo que les pasó. Toyos, Sagi, Cezón, Jorjón, Yolanda, Chiri, Cuervo, Fernando Paraguas, Paco Cao, Matías, Luis Dadá, Mercedes Covisa, todos los demás, en una catarata incontrolable de visiones individuales que, de pronto, se volcaron sobre nosotros, los estupefactos espectadores, que no pudimos sino dejarnos llevar por la corriente como los salmones cuando se abren las espitas de una presa. Una avalancha de argayos emocionales que fueron dibujando una imagen coherente, un discurso, muchos me acuerdo, una verdad.

Resulta que el documental no iba sobre la noche de los ochenta, algo que ya habían avanzado sus creadores pero que nadie había querido entender. En realidad, cuenta la historia de un movimiento cultural muy complejo en el que hubo mucha noche, sí, pero que abarca desde las tertulias del Óliver y la Ópera hasta la Santa Sebe y el Cechini, pasando por “Teatro Margen”, el caballo, “Ilegales”, “Salón Dadá”, los fanzines, Chus Quirós, el feminismo, el aborto, Tribuna Ciudadana, los chiringuitos de San Mateo, el jazz de Miles Davis y una abrumadora cantidad de piezas minúsculas imprescindibles en el mosaico generacional. La noche de los ochenta fue mucha noche, pero aquí hablábamos de más cosas.

En mi opinión, si usted vivió la década, tanto como si se la han contado, puede seguir narrando la historia de aquel Oviedo como le plazca aún incluso después de ver este documental porque, como decía Ana Diosdado, los ochenta son nuestros. Lo que han hecho Navarro y Martínez es reconstruir un esqueleto del que cada cual puede colgar sus recuerdos. Hay muchas más verdades ahí de las que cada uno pueda evocar. Atinaba Javier Cuervo afirmando que “cada uno acota la movida como quiere y dice que empieza este día porque fue cuando llegó él y acaba este otro porque lo deciden tres amigos”. La grandeza de “Más moderna que Londres” no reside solo en glosar una década irreverente, también abre puertas privadas a tus propios recuerdos.

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