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José Ramón Castañón, Pochi

“Kalebomoña” ovetense

Tras los altercados nocturnos en el Antiguo

Mucho se habla de la crisis de valores que sufre nuestra sociedad, pero poco se reflexiona en profundidad, y menos se habla con seriedad y compromiso. Como profesor de Educación en valores no me voy a poner a dar discursos. Simplemente, constatar comportamientos cada vez más comunes entre nuestros adolescentes y en nuestras calles. Todos estamos perplejos de esa “kale borroka” nada ideológica y con mucho de “moñas” consentido y caprichoso, que vivimos desde hace tiempo en las calles de nuestra ciudad.

Con el paso del tiempo, las sociedades evolucionan, a través de las modificaciones de unos hábitos, la adquisición de otros nuevos. Como resultado de estos cambios se modela la escala de valores que singularizan a cada sociedad conforme evoluciona o involuciona. Si el resultado es negativo vicia a la sociedad y la convivencia, nos encontraremos ante una crisis de valores.

La crisis de valores que vemos estos días tiene mucho de incorporación de malas praxis como el desprecio a los derechos de los demás, el rechazo al diferente, las conductas delictivas festivo-gratuitas y también la violencia como mecanismo hedónico o de simple placer. Principal manifestación de esa crisis de valores la tenemos en la proliferación y el incremento de la violencia juvenil, pequeños delitos, agresiones por parte de grupos de jóvenes hacia cualquier paseante o extraño, algaradas callejeras... Las estadísticas muestran que el aumento de la violencia juvenil se asocia cada vez más con la disminución de la edad de los agresores. Como resultado, hay cada vez más adolescentes implicados en los actos violentos callejeros.

La crisis de valores es un factor causal de la violencia juvenil, pero hay otros como la crisis socio-económica, la falta de expectativas de futuro, el exceso de permisividad, el consumo de drogas, las nuevas tecnologías que propician las provocaciones por la sensación de impunidad. Nuestros adolescentes son “nativos digitales”, han crecido con la tecnología incorporada a sus vidas con la misma naturalidad con que hace pocas generaciones se jugaba en las calles a la peonza. Ahora triunfan las prácticas como el ‘happy slapping’ (guantazo feliz). Pero como pasa con una sociedad desmedida, ese bofetón inesperado se ha convertido en una cultura de la algarada, la agresión y la respuesta violenta ante cualquier contrariedad o limitación que se imponga a mi desmedido libertinaje…

Tal vez no sean sólo los valores los que están en crisis, sino nuestra forma de consolidarlos y transmitirlos. Nuestros jóvenes y los adolescentes son muy vulnerables ante las consecuencias de esta crisis, tal vez porque nunca los han conocido o interiorizado. Solo nos queda un camino: la prevención temprana que debe iniciarse en la familia y en la escuela a través de una educación integral que contemple a la persona en todos sus aspectos y dimensiones. Es necesario enfatizar una educación que forje aquellos valores que fomenten el esfuerzo, la renuncia, el respeto, la solidaridad, la empatía... Valores que ayuden a transformar la sociedad en un marco de convivencia en el que nuestras generaciones más jóvenes aprendan e interioricen los significados más básicos necesarios para construir una auténtica convivencia, el equilibrio entre los derechos y los deberes...

Como decía Marco Aurelio: «Los hombres han nacido los unos para los otros… instrúyelos o sopórtalos».

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