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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Buscando a Pelayo

Sobre el "espíritu reconquistador" de los ovetenses y su inevitable declive con la edad

Todo el mundo sabe cómo nos ponemos de estupendos los carbayones (o de pijos, según quién lo señale) cuando nos vamos de viaje. Sacamos lustre a nuestra vis cosmopolita y nos preparamos para asomar la cabeza fuera de nuestra cueva montuna con la arrogancia de una tortuga que asoma de su caparazón. Echamos una mirada condescendiente al mundo y salimos de casa como si todo lo que fuésemos a ver ya lo controlásemos.

Puede que esto sea herencia de los cuentos con los que crecimos en nuestra infancia. Hay una parte de nosotros que lleva marcada a fuego la leyenda de Covadonga: el manto de la Virgen protegiendo a los guerreros visigodos, las flechas morunas que se volvían contra el malvado invasor, Pelayo, La Reconquista, Favila, el osu, la historia completa distorsionada por nuestro carácter grandón. Cuando cruzamos el Negrón hacia el sur, ni siquiera la emoción misma del viaje consigue quitarnos esa sensación de estar pisando tierras reconquistadas, ese ánimo de "¡anda, que si no fuera por nosotros...!"

Eso nos ha vuelto unos peculiares ciudadanos del mundo capaces de adaptarse a cualquier circunstancia. Más británicos que el té de las cinco, más chauvinistas que un croissant, más madrileños que un gato. Vayas donde vayas, en cualquier rincón recóndito del planeta te encontrarás uno de Oviedo que, además, te explicará cómo funcionan las cosas por esas latitudes. Expertos en cocina italiana, tecnología alemana, asados argentinos, habaneras, canto tirolés y en la cría y la doma del caballo andaluz y/o de los Outer Banks.

Puestas las cosas así: ¿Alguien puede explicarme que es lo que me pasa, de un tiempo a esta parte, que cada vez que salgo de casa tengo la impresión de estar perdiéndome algo? Cuando marcho lo hago contento, porque me sigue gustando conocer el mundo. Pero ahora lo hago llevando en mi equipaje un kilo fabes y otro de verdines, porque allá donde vaya quiero dejar la huella de nuestra potente gastronomía. Que ustedes dirán: cagüenmimantu, ¿unes fabes en Andalucía en plena canícula? Pues sí, pues sí, porque hay que experimentar eso que dicen que lo que quita el frío, quita el calor. Y porque hay que ver lo que me presta ver la cara que se le queda a los foriatos cuando les hacemos repetir fabada con completo de compango a 45 grados a la sombra.

Ahora, y no antes, me noto más asturiano en el hablar cuando me pongo a charlar con los habitantes de la frontera sur de Europa. Porque si ellos dicen killo, yo les respondo guaje; porque les explico la diferencia entre una vaca y dos vaques; porque les demuestro lo que es fartar y retacar; porque me prestan más las cosas; porque cuando me despierto de la siesta sudando por los rigores del viento de levante, me disculpo diciendo que seguramente sea orbayu mañaneru; porque sólo me ajunto con la mejor xente.

Más grave me parece pasarme los días colgado de la edición digital de La Nueva España. Que no me leo lo de Xixón, ni lo de Avilés, ni las Cuencas, ni Deportes, ni las esquelas siquiera. Sólo tengo ojos para mi Vetusta, para el Vesu, para el Kuivi y su traslado al Antiguo HUCA. Sólo tengo imaginación para esa visita a lo alto de la torre de la Catedral, para ese baile de época en el quiosco de la música del Campo, joya ya casi restaurada fielmente sobre el diseño mismo de Juan Miguel de la Guardia. Sí, me estoy volviendo un viejo nostálgico. He perdido el espíritu reconquistador de Pelayo. Cada vez soy un poco menos Phileas Fogg y un poco más Rufo, guardián y caminante de las calles vetustas.

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