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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Aventuras en un museo contemporáneo

Memoria de un apasionante recorrido veraniego con guía por las salas del Bellas Artes

En anteriores episodios de Paraíso Capital, hablando de turismo, turistas, espacios y recursos veraniegos de la ciudad, he mencionado varias veces, de pasada, al Museo de Bellas Artes de Asturias y su empeño en organizar actividades extraordinarias por encima de las que ya se les presuponen de adquisición, conservación, estudio y exposición de patrimonio artístico.

El tema es que me he dado cuenta de que siempre lo cito «de pasada». Y no sólo eso: soy capaz de circular «de pasada» por su entorno diez, quince, veinte veces por semana y hacerlo sin mirar y tirando de largo. Tanto orgullo de Bellas Artes para, al fin y a la postre, no hacerle maldito el caso. Estamos tan acostumbrados a la generosa y perseverante presencia de nuestros museos, con sus horarios de apertura y cierre siempre inmutables, que podemos vivir encima toda la vida y no entrar ni una sola vez. En el ánimo de nuestra sociedad los hemos convertido en instituciones de apariencia rígida e inflexible, lejanas y aburridas. Un depósito de cadáveres, como los definía el poeta, artista y cineasta modernista Jack Cocteau.

En mi lista de buenos propósitos para el año nuevo me había planteado poner la voluntad para resolver esto: acercarme al museo, conocerlo un poco mejor. No lo estoy haciendo mal este 2022 con eso de los buenos propósitos. He dejado de fumar, al menos de momento, y he alcanzado algunos otros éxitos personales más que me ahorro enumerar. Pero los meses se me empezaban a acumular en lo que al Bellas Artes se refiere.

Recién llegado de mis vacaciones, me arrastraba con pereza por mi casa hace unos cuantos días atrás cuando, de pronto, un breve en la sección local de LA NUEVA ESPAÑA me sacó de mi letargo. Anunciaba visitas guiadas al museo en varios momentos del fin de semana, una de las cuales arrancaba veinte minutos más tarde. Tiempo de sobra para tirarme por encima el café que me estaba preparando y presentarme a la cita propuesta en el Palacio de Velarde.

Aun cuando nos dejamos guiar por un impulso instantáneo, en cualquier descanso de ese ímpetu pueden surgir dudas y eso me pasó cuando, ya en la recepción del edificio y aceptado como miembro de la excursión, se me ocurrió plantearme si aquello no iba a ser un coñazo mortecino y cuanto mejor estaría azotado en mi sofá haciendo nada. Intenté adivinar cuál de las alargados y sobrios personajes que parecían trabajadores del edificio era el que nos iba a acompañar, pero me despisté de esta tarea porque resulta que en ese mismo espacio se exponen ya varias obras, reunidas con el nombre común de El Factor Prado y que están cedidas en depósito por nuestra gran pinacoteca nacional. Una figura femenina, de apariencia lánguida, captó toda mi atención desde uno de los lienzos durante ese rato evidenciando una vez más que mi subconsciente es mucho más inteligente que yo.

De la nada surgió un tipo moreno, no muy alto pero sí muy dinámico (exactamente lo opuesto a lo que yo tenía previsto) que empezó a hablar a un ritmo vertiginoso y que nos situó en el espacio físico y emocional que íbamos a visitar. Uno de los cinco grandes museos generalistas de arte de España, nos dijo, antes de anunciar una visita larga. Estaba dispuesto a encajar todas las palabras humanamente posibles hasta que el edificio cerrase sus puertas. Y a fe mía que lo cumplió, de una manera erudita, absorbente y apasionada, que nos cautivó tanto a mi como al heterogéneo grupo de veinticinco que se reunió a su alrededor. Por el camino, entre risas y admiraciones, nos explicó algunas grandes obras maestras que pasaban desde la Coronación de la Virgen de Pedro Berruguete y el San Pedro de Murillo hasta Picasso y Dalí, pasando por el Carlos II de Carreño Miranda (primera gran obra de la colección), la mano izquierda del San Esteban de Luis de Morales, los retratos de Goya, la luz en la obra de Sorolla y la finísima conexión entre el apostolario del Greco con la obra de Luis Fernández. Concluyó su monólogo, tal y como había advertido, al mismo tiempo que la megafonía anunciaba el cierre del edificio. Aquellos que le habíamos seguido, que habíamos crecido en número por el camino pues varios curiosos se nos habían unido absorbidos por el magnetismo de nuestro guía, aplaudimos mientras él desaparecía con tanta agilidad y misterio como cuando se nos había presentado.

Una vez en casa, frente a la página web del museo, me informé de esas cosas que pasan allí, de las que hay por delante y las que me vengo perdiendo. Conferencias, un ciclo de cine con películas de Buñuel, Otto Preminger, John Ford y Fritz Lang entre otros, un concierto basado en el famoso castrato Farinelli, días en los que se visita y explica un único cuadro, jornadas nocturnas… Definitivamente debo incorporar el Bellas Artes a mis rutinas. Porque no es una institución rígida. Es un museo moderno y muy vivo, amigo Cocteau, y una gran aventura.

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