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Carlos Fernández Llaneza

Una de casetas

Sobre la costumbre estival de hacer refugios efímeros para pasar el día con los amigos

Haber sido niño en el Vallobín de los 70 tuvo sus ventajas. Una de las mejores, vivir rodeado de prados. Correr de sol a sol en ese horizonte difuso entre los límites del barrio y la falda del Naranco. Vida en libertad. Infancia en plenitud. No nos faltaban juguetes; SS. MM. cumplían puntualmente. Tampoco faltaba imaginación. Sabíamos convertir chapas de botellas en ciclistas. Unas tablas en un patinete con rodamientos comprados en el garaje de Lobato. Una rama con la forma adecuada en un "forcao" y cualquier material tirado en un vertedero (más de los deseables y más cercanos de lo recomendable) podía tener una segunda oportunidad. Uno de los empeños estivales era hacer una caseta. Un año hicimos una que tenía, palabra, ¡hasta moqueta! No nos faltaba ni ambientador. Alguien lo había tomado "prestado" en la droguería del bueno de Marcelino. Allí pasábamos el día charlando de cualquier trivialidad, echando algún cigarro que otro (los mayores que desafiaban la prohibición parental, claro está) o jugando a las cartas. En una ocasión se nos ocurrió la temeridad de intentar construir una en un árbol en la Avenida de los Monumentos. En un frondoso plátano de sombra. Pero, ante el elevado riesgo de acabar en la Casa de Socorro de la calle Quintana (sólo recordar el olor me eriza el vello), desistimos no la fuéramos a liar. Todo nuestro entorno era territorio para el disfrute. Y si queríamos columpios, que por el barrio no había ni uno, escapada al cercano Campo San Francisco y resuelto. Nuestros mayores también buscaban sus lugares de ocio y esparcimiento. Preferentes, los bares. Los muchos bares. Normalmente, en las horas de sobremesa o ya en la atardecida, había partida de cartas y, en algún caso, de dominó. Podría citar un montón de nombres de estos auténticos templos de encuentro vecinal, de tertulia, básicamente de fútbol que hablar de política, a excepción de algún irreductible, locuaz y testarudo asiduo que bien conocí, era bastante arriesgado. Tampoco era infrecuente, salvo que de la pared colgara el cartel de "se prohibe cantar y blasfemar", llegado el caso y al calor de los efluvios alcohólicos, echar unos cantarinos. Seguro que ustedes, ahora mismo, están evocando lugares como los que describo y que están, durmientes, en sus propios recuerdos. Ese mismo ingenio ancestral de construir cobijos lo tenían muchos jubilados que edificaban sus propios albergues. En San Pedro de los Arcos, contra el muro del chalet de Subirana, donde estaba la que, para mí, siempre fue "La casa embrujada" y hoy se ubica el Colegio Auseva, había una precaria caseta donde se juntaban a diario varios jubilados a conversar y a jugar a las cartas. La orientación sur al resguardo de los vientos fríos del norte conseguía que aquellos abuelos pasaran los días tan a gusto. Los recuerdos, a veces, se difuminan como cubiertos por una especie de neblina, pero, creo que, en la Ería de la Argañosa, había otra de estas construcciones. Con frecuencia pasaba por allí camino de casa de mi abuela en Buenavista. Entre esos recuerdos un tanto difusos, están el arenero, la tejera, las canteras, las cuevas, de las que se contaban historias fantásticas, la fábrica de galletas y Quitapesares. Seguro que alguno de ustedes recuerda mucho mejor toda esa zona. Otra de estas casetas estaba en el Paseo de Valdeflora, "vía del trenecillo" y, hoy, pista finlandesa. La primera fue construida por un grupo de jubilados en torno a 1975. En varias ocasiones quemada e, inasequibles al desaliento, levantada de nuevo. Doce años más tarde construyeron otra. Era conocida como "La Moncloa". Cuando había quorum para formar el "consejo de ministros" se daba inicio a reñidas partidas de tute o subastao. En fin, casetas en la memoria de todos. Sencillas y destartaladas. Pero no carecían de un caótico encanto y un ambiente bohemio añorado, tal vez, en los centros sociales de hoy.

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