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Carlos Fernández Llaneza

Un teatro merecido

Sobre la construcción del Campoamor, inaugurado hace 130 años

Disfruto mucho mirando fotos antiguas. Reflejan momentos congelados en el tiempo. Rostros anónimos que han quedado grabados para siempre en una instantánea y de los que poco sabemos. Ni su nombre. Ni de dónde venían. Ni a dónde iban. Una cara que, en un juego con el tiempo, propone multitud de preguntas. Y una de las que me planteo cuando veo en algunas de ellas a personas claramente procedentes del entorno rural es qué sentirían al ver, por ejemplo, la Casa Conde, proyectada en 1904 por Juan Miguel de la Guardia. O el edificio del Círculo Mercantil, en Marqués de Santa Cruz, diseñado por Julio Galán Carvajal en 1912. O el magnífico chalet de Hermógenes Olivares o Palacio de Rodríguez Sampedro, obra del arquitecto Aguirre de 1833. No podía ser una mirada indiferente. Supongo que mi abuelo paterno, José, nacido en 1877 en Latores, vendría alguna vez a la ciudad quizá acompañado de mi bisabuelo Fernando Antonio. Imagino que contemplar todos estos ejemplos de la magnífica arquitectura que albergó nuestra ciudad no les dejaría indiferentes. Pero faltaba un edificio que la naciente burguesía local reclamaba: un teatro. El teatro de Comedias de El Fontán era pequeño, húmedo y frío. El 24 de abril de 1876 el alcalde José Longoria Carbajal constituye una comisión para "estudiar con discernimiento la forma y términos en que pueda realizarse la construcción de un nuevo teatro". A tal fin, convoca una reunión de vecinos "para procurar los recursos precisos". La comisión estaba formada, además de por el propio alcalde, por los señores Caicoya, Casielles, Masaveu, Buylla, Polo, Prado, Rodríguez del Valle, Zabaleta y Fernández Ponte. En un primer momento deciden construirlo en El Fontán pero, pese a la inicial acogida entusiasta, decae. El 2 de enero de 1882 la Corporación retoma el asunto valorando "la necesidad de un teatro digno de esta culta ciudad y del gran desarrollo que habrá de tener antes de pocos años. La imposibilidad de que se constituya una empresa para la edificación del coliseo es también palmaria. En tales circunstancias sólo cabe que el Ayuntamiento haga un sacrificio pequeño si se compara con los beneficios que proporcionará a la ilustración y moralidad de sus representados". Después de una campaña para la obtención de fondos se publicitan las bases para el concurso de proyectos con un presupuesto máximo de 300.000 pesetas. Expirado el plazo, el Ayuntamiento recibió de manos del arquitecto municipal, De Bolomburu, un proyecto remitido desde Madrid por los arquitectos Siro Borrajo y Montenegro y José López Salaberry. Tras su examen se concluyó que sumaba "todas las consideraciones científicas y de consideración práctica" por lo que fue aprobado. Pero faltaba un pequeño detalle: la ubicación. Hasta que el nuevo arquitecto municipal, Juan Miguel de la Guardia (siempre esencial) sugirió al alcalde en febrero de 1883 situarlo en la plazuela de Santa Clara, antigua huerta conventual. En mayo, De la Guardia, estaba ya dirigiendo las excavaciones de los cimientos. El 27 de junio, un emocionado José Longoria colocó la primera piedra. Meses de dificultades financieras y algún problema técnico parecían abocar el proyecto al desastre. Pero todo se supera y, a partir de la primavera de 1889, las obras cobran nuevo impulso gracias al empréstito de 200.000 pesetas conseguido por el Ayuntamiento. En la sesión municipal del 10 de mayo de 1890, el concejal Leopoldo Alas propuso que se le otorgase el nombre "del poeta asturiano más ilustre", Ramón de Campoamor, propuesta aprobada por unanimidad. Tras un sinfín de contratiempos económicos, administrativos y legales que daría para otra historia, por fin, el 17 de septiembre de 1892, el Teatro Campoamor abrió sus puertas con una representación de "Los Hugonotes" tras unos días de gran expectación que llevó a los responsables, durante las pruebas de iluminación, a abrir las puertas al público "para evitar conflictos si se persistía en el propósito de sólo permitir la entrada a determinadas personas". A partir de ahí continúa la historia. Lo que sí creo que puedo afirmar es que mis abuelos no tuvieron la ocasión de sentarse en sus butacas y sentir, al subir el telón, lo que muchos sí tuvimos la fortuna de vivir: envolvernos en una burbuja en la que los sentimientos, como un sutil hormigueo, fluyen serenamente regalándonos momentos únicos y las emociones, mecidas por la música, nos ofrecen un mágico e incomparable paréntesis de paz.

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