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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

El camarero de El Jardín

Recuerdo emocionado de Mariano Arias y la pérdida de un cuento escrito a cuatro manos

No sé si os pasa a vosotros, a mi me encanta coleccionar recuerdos. Le doy mucha importancia a lo vivido. Pero a veces los guardo en sitios tan raros de mi memoria que se me traspapelan, los pierdo. Hasta que un día, sin buscarlo ni esperarlo, aparecen con cara de niño travieso, con manchas de hollín de alguna neurona quemada o burlonamente escondidos debajo de un montoncito de caspa acumulada. Y eso es lo que me acaba de pasar. Os cuento:

Hace muchos, muchos años, recién adquirido el derecho a votar, dedicaba yo mi tiempo a asuntos mucho más provechosos que a pensar en la política, como por ejemplo pirar clase. Alcancé cierta maestría en ese arte indolente de las horas adocenadas en conversaciones banales y en risas de café con leche. Pero no era aquel un ejercicio holgazán. Tenía sus méritos. Había un componente intelectual, un algo bohemio. Dedicamos buena parte de aquellas jornadas interminables a escribir cuentos y versos. Éramos valientes. Respirábamos sueños. Era una aventura épica al más puro estilo del Club de los Poetas Muertos.

Como aquellos, también teníamos un profesor alrededor del cual nos gustaba reunirnos. Nos impresionaba porque era un escritor de verdad. Había quedado finalista del Nadal ese mismo año, había publicado con la editorial Destino. Se llamaba Mariano Arias y su nombre es aún leyenda en los círculos culturales de esta pequeña ciudad.

Si me hubiesen preguntado en aquel entonces a qué dedicamos el tiempo Mariano y yo, mi respuesta habría sido que a beber vino y a calibrar y peritar curvas femeninas. Pero lo que en realidad me regaló en aquel par de años en los que nuestra relación fue más estrecha fue un involuntario pero exhaustivo máster en escritura creativa. Me tuteló, me reorientó, me abrió a lecturas nuevas, me presentó a personajes como Miguel Munárriz y Daniel Moyano. Aquello no era el motivo por el que el Ministerio de Educación le pagaba un sueldo. Pero en ningún otro sitio hubiese tenido acceso a todo lo que aprendí a su lado.

Mariano y yo teníamos una discusión recurrente sobre la diferencia entre escribir a mano o hacerlo en el ordenador. Yo defendía el romanticismo analógico artesano y él apostaba por lo práctico, contemporáneo y tecnológico. Un día, da igual el motivo, acabé en su casa corrigiendo un texto que me tenía muy enfadado. Tenía que cambiar el nombre de una heroína cien veces repetido a lo largo del cuento. Fue cuando me enseñó aquello que era un instrumento nuevo que pronto cambiaría el universo entero de la escritura, según me dijo. Microsoft Word Office, se llamaba. En sólo unos segundos había permutado el dato, trabajo que, según mi experiencia de amanuense, era labor para dos tardes tecleando en mi vieja Olivetti. Fue entonces cuando (¡Guau!) me mostró por primera vez también, la herramienta del "corta y pega". Una tecla que cortaba y pegaba textos enteros: era magia, una cosa de locos. Pasamos el resto de la tarde muertos de risa, escribiendo un cuento a medias, que se tituló "El Camarero de El Jardín". Pese a los más estrafalarios principios de frase, el pobre camarero protagonista siempre terminaba tropezando de la misma manera, su bandeja salía volando y el desastre se consumaba con todas las con bebidas estampadas contra el suelo.

Mariano Arias… Un mal día de 2017 se me heló la sangre en las venas al leer la noticia de su fallecimiento. Me alegré de no estar en ese momento en la ciudad, de no compartir con nadie el duelo. Porque era una persona muy especial para mí, un recuerdo egoísta, mío. Ahora, cuando paso frente a la Cafetería El Jardín, ahí en Hermanos Pidal, y descorcho de golpe esta espita de mi memoria, la figura de Mariano se desparrama por todo mi mundo interior, como la bandeja de bebidas de nuestra historia, dejando un aroma inconfundible de poético frescor juvenil que me hace viajar a aquellos años tan buenos. Y no puedo evitar pensar: Aquel cuento que escribimos jugando, ¿dónde estará? Seguramente perdido para siempre, destruido y reciclado en algún cementerio informático.

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