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Gonzalo García-Conde

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Gonzalo García-Conde

"Don Giovanni" o la furia del Averno

La chocante propuesta escénica habla de violencia de género y psicopatía porque en el libreto hay un asesinato a sangre fría, una paliza y una violación

En psiquiatría se conoce como "Síndrome de Don Juan" a un trastorno de la personalidad que impulsa al individuo a una conquista sexual compulsiva, buscando siempre una satisfacción personal a pesar del perjuicio que pueda causar con dicho comportamiento. Dicho trastorno tiene las características de antisocial y narcisista. El paciente que lo padece presenta falta de empatía, actitudes arrogantes y delirios de grandeza. La línea que separa esta patología de una psicopatía es tan fina que muchas veces ambas van de la mano.

Me he permitido esta introducción porque este es el tema del que trata "Don Giovanni", ópera de Mozart con libreto de Lorenzo da Ponte, uno de los títulos estrella de la 75.ª Temporada de Oviedo. La semana pasada ya conté mi visita a los ensayos: la propuesta de perfil feminista, lo guapo que es ver cómo se ensambla una función, cómo se sincroniza el trabajo de más de cien personas para que el espectador solo tenga que estar pendiente de lo que pasa en el escenario. No me extiendo más, voy al grano: si bien musicalmente ha sido muy bien acogida, la puesta en escena ha desatado un soberano escándalo. Marta Eguilior, directora de escena y diseñadora de la escenografía, fue recibida con división de opiniones (aplausos y un sonoro pateo) cuando salió a saludar al final de la primera función. Posteriormente, redes sociales y diarios locales se incendiaron con todo tipo de opiniones a cual más vehemente. Hay que decirlo: los pateos siempre suenan más que los aplausos, física y filosóficamente hablando, aunque sean menos.

Hace ya muchos años que la dirección artística de la Ópera de Oviedo ha tomado el camino de la vanguardia escénica. Producciones propias que se hacen en diálogo con otros teatros del mundo. La directiva respalda y fomenta esta política. Y los espectadores también, mayoritariamente. Aunque hay un núcleo, concentrado fundamentalmente en la primera función, que prefiere las apuestas más clásicas. Es legítimo. Somos una sociedad viva y existe debate. Como siempre que se arriesga, esto se hace unas veces con más éxito que otras, pero, en general, crítica especializada y público respaldan esta forma de hacer las cosas que nos ha dado un prestigio internacional que se suma a otros que la temporada ya ostentaba.

¿Qué tiene la propuesta de especial, qué resulta tan chocante y ofensivo? Pues un Don Giovanni psicópata convertido en asesino en serie. Una estética explícitamente violenta, además de fetichista. Se representan algunas de las perversiones sexuales más refinadas vinculadas a la dominación, como el bondage o el nyotaimori. Estos recursos escénicos no se describen en el libreto de Da Ponte, obviamente. Pero sí se habla de un Don Giovanni violador, asesino sin escrúpulos, mentiroso compulsivo y coleccionista sexual que, muy democráticamente, incluye en su menú a guapas, feas y viejas, plebeyas y princesas, aunque siente predilección por desvirgar doncellas. Todos los personajes de la trama, sin excepción, opinan que Don Giovanni es un cabrón y todos ellos le conocen bien. El espíritu vengador del Comendador, hombre deshonrado y asesinado por él, le ofrece redimirse o hundirse en el infierno. Y él no se arrepiente. No cabe duda, Don Giovanni es un psicópata que se cree superior incluso a la muerte. Aunque también es cierto que la ópera de Mozart y da Ponte presenta al personaje y al mito con cierta poesía y sentido del humor.

Otra pregunta: ¿Quién es Marta Eguilior (Sevilla, 1985), responsable de esta propuesta del Don Giovanni psicópata? Una escenógrafa que, pese a su edad, ya tiene un curriculum largo, que ha llamado la atención de las grandes temporadas nacionales con sus rompedoras propuestas. Quien contrata a Eguilior ya sabe que va a traer la escena a la sociedad del siglo XXI. ¿Podemos seguir tratando al mito como si fuera un ligón, poeta y pendenciero, como se hacía en los años sesenta o cuando se estrenó la obra, en 1787? No, Eguilior habla de violencia de género, de psicopatía, porque en el libreto hay un asesinato a sangre fría, una paliza y una violación. Para hacerlo busca fronteras escénicas que no se suelen traspasar en la ópera, pero que están a la orden del día en la literatura o en el cine. Como decía Chéjov, "el papel del artista es hacer preguntas, no responderlas". Como perfeccionaba Francisco Ayala, "el verdadero ejercicio intelectual consiste en encararse con las dificultades de la propia época". Por supuesto, el resultado final puede gustar o no, cada cual define su opinión.

A mí, como espectador, me resulta mucho más desagradable un pateo que un chorro de sangre. Me parece maleducado, por muy aceptado que esté. Si tengo que castigar, lo hago en silencio. Y los paralelismos que se han señalado con Hannibal Lecter, Patrick Bateman, Nosferatu, "La naranja mecánica" o Lestat me parecen exagerados. Eso sí, el pelo azul de Don Giovanni me resultó altamente irritante, lo reconozco. Apelo de nuevo al criterio individual.

Dicho todo esto: lo más grande, lo deliciosamente sofisticado y único me parece vivir en una ciudad de doscientos mil habitantes con una temporada de ópera como esta, que no sólo mantiene el nivel, además despierta estas pasiones: discusiones en las cafeterías, en plena calle, en las colas de los supermercados. Guerras en las redes. El teatro en llamas. La furia del Averno. Ni Viena, ni París ni Nueva York, queridos lectores. Esto sólo pasa en Oviedo.

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