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Carlos Fernández Llaneza

De relojes y del tiempo

Sobre las relojerías decimonónicas de Oviedo

Que vivimos atados al paso del tiempo es innegable. E inexorable. Desde la mañana cuando el despertador nos arranca del sueño hasta la hora en la que, rendidos, apagamos la luz, estamos pendientes del reloj. Supongo que nuestros antepasados, ya superado el guiarse por los ciclos naturales, estarían atentos al reloj de la Catedral que marcaba el curso de la cotidianidad. Clarín, en «La Regenta», se refiere al reloj catedralicio en un diálogo entre Víctor Quintanar y su mujer, Ana Ozores, cuando le preguntaba si oía el reloj: «Pues sí, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye. ¿Nunca lo habías notado? Espera cinco minutos y oirás las campanadas... tristes y apagadas por la distancia». También el reloj del Ayuntamiento marcó los pasos de los ovetenses. Y quién no mira el gran reloj de la Estación del Norte cuando pasa por la calle Uría. Pero antes de que los móviles nos hicieran la función de reloj, despertador y lo que se tercie, era frecuente, con uno de los primeros salarios, comprarse un reloj de pulsera. Algunos tenían la fortuna de heredar el reloj paterno. En Oviedo, ciudad de indiscutible calidad comercial, no faltaron buenas relojerías, aun hoy muchas en exitosa actividad. Vamos a rescatar del olvido un par de ellas que sólo perduran en viejos anuncios vencidos. Así, en el almanaque de «El Carbayón» de 1883, encontramos un anuncio de la Relojería Suiza de Ramón Valdés, sita en la Plazuela de Riego, 3. Establecimiento «montado a la altura de los mejores de las grandes capitales». Aseguraba al público que siempre encontraría en su comercio «un surtido abundante y variadísimo en relojes garantizados de todas clases: cronómetros, repeticiones de horas, cuartos de hora y minutos, calendarios perpetuos, cronógrafos, segundos independientes, fases de luna, etcétera, de los más reputados fabricantes del mundo, como Patek Philipe y Compañía, de Ginebra; Alamand, de Londres; Lange y Asman, de Alemania…». Por si fuera poco, el Sr. Valdés ofrecía «infinidad de clases de relojes de todos precios, de oro, plata y níquel, que pueden adquirir, por su extremada baratura, aun los más humildes trabajadores». Ofertaba la Suiza, además, «magníficos relojes para habitaciones, montados en mármol, bronce, alabastro y madera tallada; reguladores para despacho, despertadores, candelabros, barómetros y otros objetos para decoración y adorno; leontinas de oro para señoras y caballeros; leontinas de plata, doublé, níquel y acero desde el ínfimo precio de 2 reales en adelante». Por último, en un anuncio que, seguramente no cobraban por palabras, llamaba la atención «sobre lo reducido de sus precios y la superior calidad de los artículos que no admiten competencia, como lo prueba el que vendo para señora relojes de oro de 18 quilates por 45 pesetas». Ahí queda eso.

De relojes y del tiempo

En 1888 se anunciaba la Relojería Bravo, Altamirano, 9. Acreditada relojería con más de 70 años de existencia «montada a la altura de las mejores donde sus constantes favorecedores y público en general encontrarán un escogido y reciente surtido en relojes de todas clases». No faltaba la publicidad de sus talleres, «montados con los aparatos más modernos donde se hacen toda clase de composturas y precios reducidos, garantizándolas, así como las ventas».

Cada vez que hablo de relojes no puedo evitar pensar en ese proverbio africano: «Vosotros, los europeos, tenéis los relojes, pero nosotros tenemos el tiempo». Tal vez tengan razón.

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