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Gonzalo García-Conde

Paraíso capital

Gonzalo García-Conde

Una partida, 25 pesetas

El salto electrónico de una generación a otra

Como el tema de la electricidad está tan caro, y como yo soy tan de trasnochar, en la confianza de manejarme por espacios conocidos últimamente me ha dado por caminar por mi casa a oscuras. Me muevo de la cocina al salón tratando, como siempre, de no hacer ruido para no molestar a los míos, pero ahora la penumbra me da un aire místico, como de ánima perdida de la Santa Compaña. Esquivo de memoria los taburetes de la entrada, los brazos del perchero, los mangos de bastón que desde el paragüero quieren arañarme como ramas de árbol. Cuando ya me creo fuera de peligro, cuando me confío en la proximidad de mi destino, invariablemente tropiezo estrepitosamente con la silla que dejan mis hijos en medio del pasillo con la Playstation porque, según dicen, así pillan mejor el wifi. ¡Mecagüenmimantu! Me pregunto qué haría mi padre si levantara la cabeza y en su ejercicio de la paternidad se viese ante ese mismo dilema: si sus espinillas se encontrasen por sorpresa, y una vez más, con un juguete tan caro y tan electrónico. ¿Sería capaz de hacerlo volar por la ventana? Esa habría sido su amenaza. La misma que he gritado yo en arameo y otras lenguas muertas tantas veces. Una apuesta perdida que hace mella en mi credibilidad como educador.

A mi padre no le gustaban las maquinitas. Le disgustaba saber que me gastaba la paga en los recreativos. A mis hijos, por su parte, les cuesta mucho asimilar ese concepto de "sala de recreativos". Un local comercial lleno de muebles electrónicos muy aparatosos, con pantalla, botones y mando incorporados, casi del tamaño de una cabina de teléfono, les explico. Pero claro, tampoco asimilan bien lo que era una cabina de teléfono. ¿Por qué cada máquina enorme tenía un solo juego?, me preguntan. Porque tenían un chino dentro, les contesto.

Es curioso. Ahora me doy cuenta que aquello era una cosa de chicos. Las niñas no venían, o era raro verlas pifiar tardes enteras delante de una pantalla antes de que el Tetris entrase en nuestras vidas. ¿En qué gastarían sus tardes? Los machitos íbamos a las Mil Millas, en el Rosal o a Electrónicos 2000 en la calle La Luna. Nos gustaba remolonear entre las máquinas viendo jugar a otros antes de escoger asiento. Había que localizar a los profesionales, los que jugaban tan bien que hacían poco rentable el negocio, y sentarse lejos para evitar que vinieran a recaudar de nuestros ahorros un impuesto forzoso. El más temido, siempre, era el tipo del cambio. El que iba con la riñonera repleta. Los más sofisticados, con un dispensador de monedas con muelles que a mí me parecían estuches de caramelos pez llenos con monedas de veinticinco pesetas, cinco duros. El precio de una partida. Incluso los más macarras se ponían firmes en presencia de esos encargados silenciosos. Una sola mirada de uno de estos tipos dejaba congelado durante unos segundos al quinqui más chungo. Los recreativos eran un lugar donde comprendías rápido que el mundo era de los que se ganaban el respeto.

Así pasamos tardes enteras insertando monedas. Jugando a Galaxia, 1942, Scramble, Commando, Pole Position, Los Ángeles 84… Pero de golpe, más o menos como habían surgido, aquellos negocios desaparecieron. Se extinguieron como los dinosaurios. Las máquinas sobrevivieron un tiempo, individualmente, repartidas por los bares. Aún conservo el sueño de tener algún día un flipper en casa, un petaco: el Canasta 86 o el Guns & Roses, en los que alcancé cierta maestría y firmé algunos records locales. Pero al precio al que está la luz... Refunfuñando, meto la Play en el cuarto de los chicos, que no se inmutan, siguen durmiendo. Froto mi espinilla, dolorida como mi orgullo y mi memoria. Electrónicos 2000, nombre futurista con cifra que ya ha quedado muy atrás. O tempora, o mores!

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