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Eva Vallines

Crítica / Teatro

Eva Vallines

La buena salvaje

La adaptación de una obra de Lope de Vega poco conocida

La vitalidad y el ímpetu con el que el colectivo Állatok irrumpe en escena al ritmo de tambores tribales hace honor a su nombre ("animales" en húngaro). Esta joven compañía creada en torno a la investigación sobre el Siglo de Oro y brillantemente comandada por Ernesto Arias consigue un pleno con su adaptación de esta pieza incomprensiblemente poco conocida de Lope de Vega. Pero su mayor mérito es haber sabido encarnar las palabras del fénix de los ingenios con total verismo y naturalidad, y además con mucha gracia. La innovación de Lope al presentar la versión femenina del buen salvaje, que a diferencia de Segismundo tiene buen corazón e inteligencia natural, es tal que incluso reivindica la iniciativa amorosa y el deseo sexual en las mujeres. Algo inconcebible en la época. La ambientación decimonónica cuadra muy bien con los parajes exóticos y el hallazgo de seres misteriosos. El trabajo de los intérpretes, muy compenetrados, brilla en las escenas corales. La primera parte tiene lugar en un bosque agreste con arbolillos, excelentemente iluminados con un juego de haces filtrados que nos recuerda al "Sueño de una noche de verano" y a "La tempestad". En la segunda parte se recrea el palacio del rey de Hungría con unas estructuras metálicas que simulan prisión y trono al mismo tiempo. El paso del tiempo se resuelve con una canción interpretada por todo el reparto y un mágico soplo de polvo blanco sobre las cabezas de los actores. El humor, presente ya en el original, está muy bien aprovechado en todas las escenas, que ofrecen un amplio despliegue de recursos cómicos, como las de los aldeanos de la España profunda, o la de la delegación del Conde de Barcelona con marcado acento catalán. El encuentro entre Felipe y Rosaura, la bestia y el hombre, los dos herederos criados en el bosque por intrigas palaciegas, es una de las escenas más tierna, delicada e ingeniosa. Gran parte del éxito de este espectáculo reside en la increíble interpretación de Carmen Quismondo, que interioriza con asombrosa naturalidad las maneras salvajes de esta deliciosa fiera que descubre el amor por vez primera y se rebela contra las convenciones sociales a las que es ajena. Todo esto con un encanto y una gracia que nos hace imposible imaginar otra Rosaura. Una función redonda con guiño vaqueiro a la tierrina incluido.

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