Paraíso capital

Estética verdiana

El viaje al pasado a través de una ópera con una puesta en escena clásica

Gonzalo García-Conde

Gonzalo García-Conde

Hace tiempo ya que mi relación con Juan Carlos Rodríguez Ovejero, el célebre presidente de la Ópera de Oviedo, ha trascendido de lo meramente musical. Es una persona extraordinaria, extrovertida, vecino amabilísimo y conversador entusiasta. Me cae simpático. Me presta encontrarlo por la calle y pararme un rato a charlar con él. Celebra mucho mis artículos, especialmente los relacionados con la temporada lírica a la que representa. No es de extrañar si tenemos en cuenta que la principal premisa del "Paraíso Capital" es hablar sólo de las cosas que me gustan y sobre la Ópera de Oviedo hablo permanentemente.

Hay una broma recurrente en nuestras conversaciones, especialmente en las que tenemos en los pasillos del Campoamor, en las que yo siempre le digo: "Presidente, si ya sabes que solo escribo sobre lo que me gusta, busca en el artículo aquello sobre lo que no escribo y eso es lo que no me ha gustado de la función". Esto es solo una coña, claro, eso no funciona exactamente así, no es una fórmula científica infalible.

Aun entendiendo esto como un juego posible, según esa premisa, y condicionado como estaba por las críticas que había leído sobre el "Ernani" que cerró la 75.ª Temporada de Ópera en el Campoamor, mi artículo debería versar casi exclusivamente sobre los cantantes, que todo el mundo coincide en que están muy bien. También sobre el trabajo de Daniele Callegari al frente de Oviedo Filarmonía y sobre el coro "Intermezzo", que cierra así un año de espectacular crecimiento con una partitura muy exigente, llena de matices y dificultades para cualquier agrupación coral. Sin embargo, debería evitar hacer referencias al diseño de la escena, que no era, al parecer, donde se habían volcado los mayores esfuerzos de esta función en concreto. El regreso de Verdi al Campoamor sería, esta vez, un guiño a los que piden escenas más convencionales, reyes con corona, palacios ducales, rigor narrativo y, sobre todo y ante todo, grandes voces cantando óperas del repertorio clásico.

Así que nada de proyecciones ni fondos escénicos en negro, esta vez fondo de papel pintado y columnas de cartón piedra. Nada de adaptaciones de la escena al siglo XXI ni a ninguna cultura singular absolutamente desubicada, sino trajes de época, mobiliario clásico y arcos apuntados. Nada de reinterpretaciones del libreto, en esta ocasión nos ceñiremos a la letra impresa. De primeras, lo confieso, la idea me daba hasta pereza.

Pero luego está, como siempre, la infalible magia del Campoamor, que todo lo puede.

Porque puede que "Ernani" no sea la mejor partitura de Giuseppe Verdi. Y puede que Oviedo ya no sea la ciudad más verdiana del mundo entero, como sí lo fue durante casi toda la segunda mitad del siglo XX. Pero donde hubo llamas, aún quedan brasas. Las primeras notas de la obertura me dejaron claro que aquello iba a ser un viaje al pasado, a aquellas noches de dramones italianos, de amores y vendettas de mi infancia, cuando me enamoré del bel canto y toda su parafernalia. Cuando vi al coro en el escenario, con esa fuerza de fiera de cincuenta cabezas, con ese vestuario maravilloso firmado por Fernand Ruiz, supe que la burbuja temporal era irremediable ya. Que, en mi fantasía, todos los caballeros del patio de butacas estarían elegantísimamente vestidos con esmoquin y pajarita, que las damas irán con sus trajes de noche y sus mejores joyas y que sin duda no faltaría entre las asistentes alguna quinceañera en su puesta de largo. "Ernani" no me transportó a la Corte de Carlos V ni al palacio de Ruy Gómez de Silva, pero sí lo hizo al Oviedo de finales de los ochenta.

En definitiva, Verdi es Verdi y Oviedo es Vetusta. Hay lazos que unen ambos conceptos de manera inquebrantable. Además, qué bien estuvieron Alejandro Roy y Juan Jesús Rodríguez, qué bien también Gianfranco Montresor y María José Suárez. Sublime Marigona Qerkezi. Qué completa la temporada. Al final no ha faltado de nada. La estética verdiana equilibró la balanza, forzada como estaba por tanta vanguardia.

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