Opinión
Adiós a un caballero
La nobleza asturiana despide a uno de sus miembros más queridos
No ganó imperios, aunque supo vencer soberbias, tampoco erigió ninguna Catedral pero logró formar una gran familia, ni siquiera descubrió algún misterio de la ciencia, pero a lo largo de su vida supo granjearse buenos amigos. Rogelio era, simplemente, un asturiano enamorado de su tierra y un español de cuerpo entero por cuya patria siempre ambicionó una gran esperanza.
Rogelio Díaz-Agero ha sido, sin ninguna duda, un buen hombre, también un espléndido marido y un inmaculado padre. Persona de carácter jovial, en extremo bondadoso y de una serenidad increíble con la que enseñaba a todos a conocer la verdadera felicidad. Permítanme contar que Rogelio me regaló su amistad, él me la quiso entregar imperecedera y personalmente la sentí siempre infinita. Jamás escuché réplica alguna, fue esa amistad genuina, ganada por la grandeza de su corazón que hacía recobrar la vida y la perfecta alegría. El esplendor de su excelencia siempre me pareció un sueño, eternamente alejado de la vanidad, poseía una riqueza única que hacía de él un valor magnífico. Su señorío –porque era de casa noble–, no era solamente un asunto de sangre revestida de azul, lo suyo era caballerosidad e hidalguía, porque quien lo conoció supo que él fue un ilustre hijo de la observancia, de la humildad, de la cortesía y de la urbanidad, que poseía una naturaleza muy especial y una personalidad grande, ganada con el esfuerzo y el sudor de su trabajo.
Se me ha ido un gran amigo. Y respondía mi joven hija ante mis lágrimas: ¡Seguro que ya está feliz junto a sus padres! ¡Dichosa verdad y hermosa inocencia! Estará alegre con sus padres y también feliz por volver a abrazar a su pequeña hija. Además se mostrará risueño y satisfecho porque sabe que la fría lanza que atravesaba el corazón de sus preocupaciones, ya no tendrá que volver a sufrirla. Estará radiante y dichoso porque sabe que ha dejado ordenado todo a su alrededor. Y en este instante me place llorar, sobre todo porque la adversidad y las ocupaciones no me han dejado despedirme. Soy consciente de que en esta ocasión has querido atender sólo al importante negocio de la eterna salvación y yo no supe escucharte cuando me hablabas. Querido amigo, soy consciente de que la mano de Dios es la que dirige los reveses y las aflicciones, también las fortunas y, en ocasiones, hasta la buena suerte. A nosotros dos nos han quedado muchas cosas pendientes, pero sería ingrato disputar con la providencia divina que es quien sabe siempre lo que nos conviene.
La razón nos dicta que la naturaleza es sabia y hoy conozco que sólo Dios sabe lo que corresponde al hombre, –y esto es lo me que dictabas tú, como hombre juicioso que siempre te has ocupado alegremente de todo aquel de quien te rodeabas–. No negaré que nos dejas muchos recuerdos, todos buenos, todos gratos, todos delicados y apacibles, pero también dejas un gran vacío en el corazón de muchas personas que te hemos querido. Queda, no obstante, pensar en que pronto nos quedarán los buenos momentos, sobre todo al recordar aquellas palabras que decía Gabriel García Márquez en cuanto a que la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a este artificio, logramos sobrellevar el pasado.
Pocos sabrán de tu grandeza, pero en este instante me apetece sonreír y recordarnos en aquel bautismo tan grato que, un hermoso día, nos unió a varios amigos como rejuvenecidos: "Diné Bikéyah". Son estas pequeñas cosas las que ciertamente nos dejarán tolerar el dolor.
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