Opinión | El pasado del presente

Ildefonso Martínez, el médico verdadero

El joven y valiente doctor que murió luchando en 1855 contra la epidemia de cólera que azotó Asturias

En el callejero de la capital asturiana figura una dedicada a Ildefonso Martínez y Fernández. En sesión municipal del 28 de diciembre de 1895 se acordó renombrar la vieja calle Salsipuedes dedicándosela a este valeroso médico. Muchas zonas viejas de ciudades recogen la denominación de Salsipuedes para callejas un tanto impracticables (Madrid, Pamplona, Jaén, Yecla, Grado, Pravia). Pocos en cambio conocen por qué ha sido acreedor el personaje que nos ocupa de tener la suya. Cierto es que todavía la "Salsi" sigue siendo así conocida. Centro de jóvenes noctámbulos juerguistas que seguro mucho deberían aprender del ejemplo de Ildefonso.

Ildefonso Martínez, el médico verdadero

Ildefonso Martínez, el médico verdadero / Josefina Velasco Rozado

Desde que se impulsaran las fiestas del Oviedo Antiguo en 2016, promovidas por la Asociación Vecinal Oviedo Redondo, se homenajea a este personaje, junto con el Manifiesto del Hambre de "Pepito Quirós" denunciando la penuria, aderezada con una grave epidemia de cólera que afectó a Asturias y a su capital hace casi 170 años.

Vayámos a los hechos. La pobreza imperante entre las clases menesterosas de Asturias mediado el siglo XIX se vio agravada por las malas cosechas, una política económica avariciosa que imponía grandes tributos a los bienes de consumo sin atender a la situación social y unas élites corruptas empeñadas en negocios de promoción industrial cuya limpieza inversora dejaba mucho que desear. Cuando las cosas venían mal dadas los pobres de solemnidad morían literalmente de hambre. Conocedor de la situación, José María Bernaldo de Quirós (1808-1865), marqués de Camposagrado, nacido en su palacio de Riaño (Langreo) donde también fue enterrado, orgulloso de su casa, pero campechano, sensible y generoso redactó y divulgó el conocido como "Manifiesto del Hambre" que en 1854 destapó el mal gobierno de la región. Pepito Quirós asestó una bofetada merecida a una administración incapaz. Aquella rebelión escrita fue acompañada de disturbios y coincidió con la llegada, una vez más, de una epidemia terrible del cólera morbo de la India. Las desgracias juntas: inestabilidad, carestía, hambre y peste, Jinetes del Apocalipsis, cabalgaban para traer la muerte.

Por otro lado, muchos campesinos arrojados de sus terruños, incapaces de mantenerlos o por la avaricia de los propietarios, acudían en masa a la ciudad y villas buscando una oportunidad. Pero las ciudades masificadas, sin condiciones de habitabilidad, eran ratoneras malsanas donde la suciedad, la falta de agua potable o de recogidas de basura y los servicios médicos escasos no ofrecían nada bueno a los más pobres.

Oviedo, capital, ciudad universitaria, residencia de la nobleza que aún no había emigrado a la Corte y de una burguesía ocupada en nuevos negocios comerciales e industriales, atrajo a multitud de famélicos buscando empleo o esperando emigrar lejos. El hacinamiento, la falta de trabajo o el trabajo que no daba para vivir eran un hecho cierto. La caridad y las escasas instituciones sanitarias no podían con situaciones de riesgo. La medicina pública y preventiva no bastaba, aunque el municipio contrataba médicos residentes, uno al menos, pocos para atender a cada vez más y más enfermos, justo cuando el cólera, el tífus, las fiebres diversas o la tisis se presentaban con virulencia sumándose a otros males endémicos.

Ya en 1834 una epidemia de cólera en la capital azuzó al médico Vicente López Losada a publicar sus observaciones detalladas sobre los síntomas y la posible curación. Reclamaba la mejora del "único hospital" por "haber recaído (la enfermedad) en personas pobres que no podían asistirse en sus casas". La situación de los enfermos se agravaba "porque los atacados eran casi todos pobres, viejos ó achacosos". Amainó, pero el mal volvió. En 1854 el Manifiesto del Hambre exponía la situación crítica de una gran mayoría de población que coadyuvó a la virulencia de una nueva epidemia de cólera agudizada al año siguiente. La capital se dividió entre quienes podían atenderse en casas cómodas y aireadas, o incluso alejarse hasta que el mal escampara, y quienes se vieron impelidos a aguantar y quedar hacinados en habitáculos.

Apenas había hospitales; el de la calle Magdalena, antiguo del gremio de carniceros, estaba colapsado, habilitándose como siglos atrás un hospital del coléricos en la zona baja y encharcada contigua al Monasterio de Santa Clara, utilizándose además la malatería de San Lázaro, desplazando a los menos enfermos y el Real Hospicio, (hoy hotel de la Reconquista). Este drama, el mal vivir y la falta de medicamentos hizo que varios médicos fueran víctimas como Juan Nepomuceno Bros y Consul o Marcos González Marzal. El cólera despertaba tal miedo que inspiró tristes poemas: "A tí la ciencia no alcanza/ni conoce tus recetas/y por doquiera se oyen/ gritos de espanto y tristeza/todos doblan la cabeza/ante tan fiera visión". A la Virgen de Covadonga se rogó "harás cesar al instante/ese mal aterrador". La epidemia de 1854-56 causó gran mortalidad en toda la provincia. Solo en Oviedo hubo 850 fallecimientos directos en particular de pobres pero no quedaron libres otros sectores más acomodados. Hubo calles, las degradadas, muy dañadas. Los niños y los viejos la padecieron más.

En medio de ese drama un joven médico, "el sabio" Ildefonso Martínez, que había obtenido plaza en el balneario de Fuensanta de Buyeres de Nava, se presentó voluntario en Oviedo para ayudar a los locales. Inspiró una "Cartilla popular higiénica y terapeútica del cólera morbo asiático" aprobada por la Junta Provincial de Sanidad. Luchó contra la enfermedad, pero se contagio y falleció en 1855. Tenía 34 años. Y, ¿quién era aquel joven médico? Sin duda un valiente que además era excepcionalmente culto, autor ya de numerosas publicaciones y con una vida intelectual valorada en Madrid donde trató a personalidades de reconocido prestigio. La Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense madrileña se enorgullece de tener su archivo personal, que Vetusta debería reconocer e incorporar, al menos como conjunto digital.

Ildefonso Martínez había nacido en Benia de Onís en abril de 1821. De familia humilde estudió en Madrid al cuidado de una tía. En 1837 ingresó en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos. Para apoyarlo su padre emigró a la Villa y Corte y abrió la Taberna del Pulpito en la Plaza Mayor donde trabajaba Ildefonso en su tiempo libre y donde mantuvo una tertulia social. Intelectualmente activo fundó la que luego sería la Academia de Esculapio. Entabló diversas relaciones en distintos ámbitos culturales. Se doctoró en Medicina y Cirugía en 1844 y opositó a cuantas plazas se convocaban. Colaboró en publicaciones médicas, literarias, filosóficas, históricas y políticas con diferentes seudónimos. Mantenía que la labor del médico debía ser humanitaria y la sanidad una obligación. En sus escritos "De la pelagra y mal de la rosa de Asturias", "La filosofía médica" (1848) y, sobre todo, en el "Espejo del verdadero médico" (1855) deja patentes sus ideales a los que fue fiel. Su "Espejo...", que publicó con seudónimo judío, es un auténtico tratado de ética donde demuestra saberes de medicina, filosofía e historia y pone de relieve sus ideas de progreso social: el médico no debe rehuir ningún mal ya que "las epidemias son al médico lo que las batallas al militar". Sus principios son claros: el médico debe ser modesto, afable, humano, dulce, generoso, robusto, cuidando su cuerpo, compostura y maneras; protector del pobre, "no consientas que el más poderoso oprima al flaco". La guía de un buen médico ha de ser la del estudio constante, la del conocimiento alejado del "Maestro Ciruela que no se leer y pongo escuela". Planea mejorar los asilos, hospitales, hospicios, cárceles y todos los recintos que pueblan pobres desgraciados y enfermos.

Enterrado en el cementerio de San Cipriano (Prau Picón), luego trasladado a San Salvador, el Ayuntamiento incluyó un merecido elogio: "A la memoria del Dr. D. Ildefonso Martínez, Médico distinguido que murió el 26 de Septiembre de 1855, víctima de su celo, abnegación i caridad cristiana asistiendo a los enfermos coléricos de esta capital". Realmente fue una pena que un joven de aquella proyección falleciera. Bien está traer su recuerdo a la memoria para ejemplo.

[Cabello Martín, Mercedes (2011). "Archivo personal de Ildefonso Martínez y Fernández". Documentos de Trabajo U.C.M. Biblioteca Histórica, 10; Rabí Isaac-Maimon-Firdusi [seud. de Ildefonso Martínez]. "Espejo del verdadero médico". Madrid: Establecimiento Tipográfico de D. Andrés Peña, 1855 (acceso libre)]

Suscríbete para seguir leyendo