Opinión | Paraíso capital

Bernardo Sanjurjo, el artista satisfecho

La enriquecedora experiencia del acto más seguido en la Semana Profesional del Arte

Entre todas las actividades que la Fundación Municipal de Cultura organiza dentro del marco de la Semana Profesional del Arte, en estas cuatro ediciones de vida, puede que la que con más cariño se prepara, la que define la profundidad de la programación e incluso, la que supone un mayor hito dentro de la vida cultural de la ciudad sea el encuentro del artista invitado con el público. Una oportunidad de acercarse a la figura de un creador muy relevante de una manera personal e íntima, conocer sus impresiones más personales acerca de su propia carrera. Escucharle hacer una lectura interior sobre lo que considera acerca de sus logros como artista, pero también sus frustraciones y sus anhelos. Basta con recordar la visita de Antonio Suárez, un artista que vive prácticamente recluido dentro de su universo artístico desde hace décadas, siendo la de Oviedo una de las exclusivas apariciones públicas de los últimos años. O la visita de Miquel Barceló el curso pasado, mostrándose generosísimo en sus explicaciones y cuya visita culminó con la reciente cesión de una de sus obras al Museo de Bellas Artes.

Con esa ilusión acudí el viernes al Teatro Filarmónica para escuchar la conversación entre Bernardo Sanjurjo (Castropol, 1940) y Sara Moro, responsable de Comunicación del Museo de Bellas Artes. Un encuentro que comenzó de manera sorprendente con una encantadora performance multidisciplinar a cargo del coro "Anima Voices" combinado con alumnos de Danzastur. Un cuento poético y musical convertido en ballet con el que nos conmovió esta agrupación de voces blancas creada hace un año en el occidente asturiano. Un espectáculo que tenía algo en común con aquellas grandes giras de Pink Floyd o David Bowie en los ochenta y que pone en valor una nueva forma de interpretar la música hecha por niños, trabajando una identidad visual para alcanzar lo emocional.

Aun impactados por la sorprendente burbuja de emociones efímeras que acabábamos de presenciar, fue cuando vimos aparecer a Sanjurjo y Moro sobre el escenario. "Ahí tenemos a un hombre tranquilo", pensé. Una figura alejada de los estereotipos que se tienen sobre los artistas: esas personalidades dominantes, ingobernables, singulares. Bernardo Sanjurjo no parece nada de eso. Para él, pintar ha sido el empeño de entenderse que ha durado toda una vida. Porque su obra le ha supuesto un esfuerzo enorme de pensamiento, duda e investigación en el que pintura y persona se entremezclaban. Porque el arte no tiene límites, es un pozo sin fondo. Porque su propia evolución le iba sorprendiendo al descubrirla en sus cuadros tras haberla pintado. Porque la duda es inevitable. A él nunca le visitaron las musas, sino que el arte tuvo mucho de padecimiento.

Pero, qué sorprendente, qué maravilla, Sanjurjo afirmó, con mirada luminosa, que actualmente se siente muy a gusto con su obra. Que al fin ha llegado a entenderse. Eso no significa que no le cueste un trabajo hercúleo, horas adocenadas de trabajo. Pero sabe que, finalmente, va a alcanzar el objetivo. No rechaza la dificultad. Sabe lo que quiere. Se aleja de esa idea de artista maldito permanentemente insatisfecho. El impulso vital de investigar que implica ese misterio de la creación no está reñido con el éxito en la búsqueda. La pintura no es lo importante. Dibujar bien no es lo importante. Lo importante es el pensamiento. "La buena letra", explica, "no hace buena poesía". Al salir, el eco de sus palabras alcanza rango de ambición dentro de mis propias esperabzas. "Disfruté mucho porque trabajé mucho. Ahora sé lo que busco. Yo vivo mi propia aventura".

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