Opinión | Crítica / música

Folclore barroco nivel CIMCO

Resulta que no es tan fácil escribir sobre "Forma Antiqva" después de más de veinte años de carrera. Hace mucho que dejaron de ser un conjunto musical de formación variable especializado en música barroca. El asunto trasciende abiertamente de una descripción tan sencilla. Los proyectos en los que se han embarcado son tantos, tan diversos, de tanta profundidad; la labor de investigación y recuperación es tan concienzuda, tan honesta; la ejecución, tan emocional, generosa y virtuosa. La crítica especializada (desde luego yo, mero espectador, no pertenezco a ese sector) se ha rendido sin condiciones a su talento y se limitan a esperar nuevas aventuras para glosarlas con entusiasmo. "Forma Antiqvua", Los Zapico de Langreo, están por encima del bien y del mal en el mundo de la clásica.

El concierto que presentaron para cerrar la temporada del Ciclo Interdisciplinar de Música de Cámara de Oviedo sirve muy bien para comprender esto. De hecho, en su intervención, Aaron Zapico ya lo explicó perfectamente. A veces le ponemos demasiadas etiquetas a la música y eso puede hacernos perder el interés. La música es música, por mucho que los musicólogos y los escritores le queramos poner puertas a algo que, en nuestros oídos, es libre e inabarcable. Zapico reconoció que, durante la investigación que llevó a cabo para este concierto basado en las raíces de la música popular intercéltica, no llegó a comprender el proyecto hasta que no asumió que la música folclórica no pertenece a sus compositores, sino a sus intérpretes y al público.

"Forma Antiqva" se han convertido en un concepto, una forma de entender. No hacen música, construyen un viaje. Si varios peregrinos de Asturias, Cantabria, Escocia, Irlanda y Bretaña hubiesen compartido refugio, fuego y nostalgia en una acampada al ras durante el siglo XVII habrían reconocido unas señas de identidad en común, unas tradiciones, una cultura de pueblos que crecen alrededor de tan bravo mar. Habrían sentido orgullo de lo propio e interés por lo ajeno, se sabrían hermanos. Entre la colección de piezas populares que nos presentaron había nostalgia, nanas, amor, leyendas, fantasmas, venganzas y violaciones. Había momentos para la añoranza y otros para la risa, la danza y la picardía.

Musicalmente, la dirección y el órgano de Aaron, la guitarra barroca de Pablo y la tiorba de Daniel, junto con el violonchelo de Ruth Verona, aportaron una base sólida y muy cómoda para el espectador sobre la que construir el viaje. La magistral percusión de Pere Olivé, más que para marcar los ritmos, servía para fabricar ambientes y texturas, como ese lejano rumor de viento y olas que es capaz de generar arañando su bodhránd. Mientras tanto, era la colección de flautas de un extraordinario Alejandro Villar, las que dibujaban los detalles en el relato. Pablo García-López, al que ya conocíamos por sus aventuras en la Ópera de Oviedo (Fuenteovejuna, Don Giovanni, Elixir …) resultó ser al alma del grupo como si de una estrella pop se tratara. No solo por la naturalidad y frescura de su voz, por su facilidad para declamar, ni por el registro de tenor capaz de dar colores e contratenor tanto como de barítono. Sobre todo por su compromiso escénico y su entusiasmo. Terminó la velada, como ya se intuía, muy aplaudido y rompiendo la barrera escénica, cantando alegremente por el pasillo.

"Forma Antiqva" nos regalaron una velada folk y barroca en proporciones variables que dejó aromas de brisa cantábrica, de bruma vespertina, de noches alrededor de hoguera y de culturas hermanas compartidas. No un concierto, sino una aventura.

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