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Sato brilla y convence con el barroco

El director japonés, que ejerció también como solista, redondea una notable cita musical con la Sinfónica asturiana en el segundo concierto de abono de la temporada

a segunda entrega de la campaña de abono de la OSPA entrañaba todo un reto para una orquesta de la magnitud de la asturiana, pues no son habituales las incursiones de estas agrupaciones sinfónicas al género barroco –repertorio donde existen multitud de ensembles y formaciones específicas– y, cuando se han efectuado, los resultados no han sido, seguramente, los deseados. Sin embargo, Shunske Sato es uno de los especialistas en este tipo de programas y comandó con precisión y acierto a los músicos de la orquesta, en una disposición diferente –violines primeros, violonchelos, violas, violines segundos y contrabajos divididos a ambos lados– buscando un sonido más uniforme y compacto que, sin duda, extrajo de la cuerda, superlativa durante toda la velada.

El concierto de la OSPA.

El concierto de la OSPA. / Mario Canteli / LNE

En la «Sinfonía número 1 en Mi bemol mayor» de W. A. Mozart (su primera sinfonía) quedaron claras las intenciones del maestro nipón, evidenciando unos tempi ágiles que obligaron a los músicos a imprimir una gran fluidez a cada compás, provocando el sufrimiento de unas trompas algo desajustadas. El movimiento lento dejaría unos crescendos muy progresivos de cierto efectismo, mientras que el «presto» final, fugaz y poderoso, evidenció una orquesta flexible y muy versátil.

Acto seguido se interpretaron dos piezas de Johann Sebastian Bach. Por un lado, la «Fuga número 9 en Mi mayor» de «El clave bien temperado» -en una orquestación del propio Mozart- con una plantilla reducida que Sato manejó a las mil maravillas para delinear con mucho tacto los temas, redondeados por una cuerda brillante. Pero sería en el «Concierto para violín número 1 en La menor» (también de Bach) donde Sato, en el papel de solista, brilló con luz propia realizando una interpretación llena de elegancia, estirando y encogiendo los fraseos, dejando una sonoridad sedosa y esmaltada gracias al timbre de su violín y jugando con los volúmenes para regalar una versión muy cuidada y atractiva.

La «Sinfonía en Sol menor op. 6 número 6» de Johann Christian Bach fue, igualmente, una pieza interpretada de manera trepidante, con un primer movimiento muy interesante por el uso de algunos silencios dramáticos y unas progresiones, en velocidad e intensidad, donde la orquesta no se descompuso ni se desajustó.

El «Rondó para violín y orquesta en Do mayor» (Mozart) dejaría nuevamente un Sato muy refinado, ornamentando cada melodía a la espera de caer con la orquesta, siempre con la proyección justa e interactuando constantemente con la OSPA, en segundo plano. Por último, la orquesta -en una formación más numerosa y reconocible- interpretó el «molto allegro» de la última sinfonía de Mozart (la «Júpiter»). Es una pena, en vista de los resultados y de la brevedad del programa (de apenas 1 hora de duración), que no ejecutasen la obra entera, pues este movimiento supo a poco ante la exigencia que impuso Shunske Sato a los profesores de la formación asturiana, equilibrando sonoridades (con unos metales ya entonados) y aportando una imagen de exuberancia que el público, más numeroso de lo habitual, agradeció con aplausos y ovaciones.

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