Opinión
Un Orlando moderado
La ópera barroca de Antonio Vivaldi se estrena en el Campoamor dejando una escena interesante y un apartado musical mejorable

Un Orlando moderado
Orlando furioso
Ficha artística: Aarón Zapico (dirección musical), Fabio Ceresa (dirección de escena), Massimo Checchetto (diseño de escenografía), Giuseppe Palella (diseño de vestuario), Fabio Barettin (diseño de iluminación), Silvia Giordano (directora de escena repositora), Elisa Cobello (figurinista repositora), Leonardo Benini (asistente de dirección musical), Erika Poletto (asistente de dirección de escena y coreógrafa), Olimpia Russo (asistente de escenografía), Jenny Cappelloni (asistente de iluminación), Pablo Moras (dirección del coro), Anna Crexells (maestra repetidora).
Intérpretes: Evelyn Ramírez (Orlando), Jone Martínez (Angelica), Shakèd Bar (Alcina), Maria Zoi (Bradamante), Serena Pérez (Medoro), Arnaud Gluck (Ruggiero), César San Martín (Astolfo). Bajo continuo: David Palanca (clave), Guillermo L. Cañal (violonchelo) y Pablo Zapico (tiorba). Oviedo Filarmonía. Coro Titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo).
Programa: “Orlando furioso”, dramma per musica en tres actos con música de Antonio Vivaldi y libreto de Grazio Braccioli, basado en el poema épico “Orlando furioso” de Ludovico Ariosto.
Coproducción de la Fondazione Teatro La Fenice de Venecia y el Festival della Valle d’Itria de Martina Franca.
Teatro Campoamor, viernes, 19.30 horas
El tercer título de la presente temporada de la Ópera de Oviedo planteaba un salto hacia la música barroca a través de un título nunca antes representado en el teatro Campoamor: "Orlando Furioso" (A. Vivaldi). Sin duda, esta búsqueda de obras novedosas –como sucediera en la pasada campaña con "Arabella"– es un hecho a valorar muy positivamente por la institución ovetense que continúa creciendo, poco a poco, y que incluso ha logrado el apoyo unánime de los grupos políticos de la ciudad en sus aspiraciones a conseguir un incremento presupuestario por parte del Estado –algo lógico si comparamos las ayudas que reciben otras temporadas operísticas del territorio nacional– que les permita continuar su progresiva expansión a nivel económico, artístico y social.
Lejos de los artificiosos recursos y efectos teatrales del barroco, la escena diseñada por Fabio Ceresa (y repuesta por Silvia Giordano) enfrenta, sin demasiados riesgos, la compleja y enmarañada trama narrada en el libreto, donde no faltan triángulos amorosos, maléficas hechiceras, valerosos caballeros andantes, animales mitológicos, filtros de amor o grutas secretas. Es decir, todo el imaginario de la fantasía y la novela de caballerías se dan la mano en este libreto de Grazio Braccioli basado en el poema épico "Orlando furioso" de Ludovico Ariosto.
Con apenas unos elementos móviles (un par de escalinatas, un puente y una luna giratoria que hacía las veces de salón del trono de Alcina), a cargo de Massimo Checchetto –diseñador de la escenografía–, Ceresa conforma un conjunto original y vistoso que sitúa la acción en esa "isla indeterminada" de la obra literaria y permite distraer la atención del público. Además, se trabajó profusamente, en buena parte de las escenas, sobre una simetría y un equilibrio de masas que dejó cuadros de gran plasticidad, si bien estos útiles restaron espacio escénico para el movimiento provocando que, en algunos pasajes, se cayese en cierto estatismo.
Soberbio vestuario de Giuseppe Palella y Elisa Cobello, pertinente y efectivo para simular ese universo que transita entre lo onírico y lo fantasioso, con acabados exquisitos y buen uso de una pedrería deslumbrante. Al igual que en el título anterior, "Roméo et Juliette", se recurre a un par de escalas cromáticas bien diferenciadas para distinguir a los personajes según se encuentren bajo los conjuros de Alcina o actúen por voluntad propia. En este tipo de obras, repletas de simbolismo, la iluminación adquiere unas dimensiones extraordinarias, un aspecto que ha sabido plasmar Fabio Barettin mediante su propuesta, generando atmósferas diversas mediante tonos fríos o cálidos –según las exigencias del guion–, y evidenciando los estados de ánimo de los personajes a través de la variación de los colores de la escena.
La dirección musical recayó sobre Aarón Zapico, alma de "Forma Antiqva" y gran estudioso del periodo barroco que se ha convertido en uno de los mayores exponentes del talento asturiano como demuestran sus múltiples participaciones en los prestigiosos ciclos ovetenses –los Conciertos del Auditorio, las Jornadas de Piano, la Primavera Barroca, CIMCO, las temporadas de la OSPA, la Sociedad Filarmónica de Oviedo y la Ópera– en los últimos tres o cuatro años. Zapico ha buceado profundamente en la partitura de Vivaldi y eso ha permitido disfrutar de una interpretación efectista, con temas contrastados y con el inherente dramatismo y teatralidad que encierran las obras barrocas, bien plasmados a través de cambios de intensidad en los patrones pregunta-respuesta o de la utilización de diferentes dinámicas. Sin embargo, la dirección habría requerido de unos balances más ajustados entre foso y escena para no exigir demasiado a los líricos, sobrepasados en volumen durante toda la velada.
En el apartado solista, Arnaud Gluck –sustituto del inicialmente previsto Mikel Uskola– fue el más destacado. El contratenor, debutante en la temporada de la Ópera de Oviedo, pero a quien ya vimos en la capital del Principado en "Dido y Eneas" y en "El Mesías", culminó las intervenciones de Ruggiero con gran delicadeza y un lirismo exacerbado –por momentos, subyugante–, como en su aria del primer acto, acompañado magistralmente por la flautista Mercedes Schmidt. Es cierto que en sus arias de amor la orquesta quedaba constituida básicamente por el continuo (un hecho que favoreció esta expresividad), pero el joven intérprete mantuvo una línea de canto acertada y ejecutó unas ornamentaciones sencillamente deliciosas.
Jone Martínez encarnó a una Angélica más protagonista que Orlando. De voz pulida y bien timbrada –con unas coloraturas resueltas con brillantez–, exhibió un buen nivel y dejó momentos de gran belleza, como su declaración de amor del segundo acto, llena de ternura y con buen trabajo actoral. Por su parte, Evelyn Ramírez (Orlando) desempeñó un papel nada sencillo con un timbre de mezzosoprano ligeramente oscurecido que aportó variedad al elenco. De menos a más, su fuerza escénica desbordaría en la segunda mitad, interpretando de forma notable sus arias mientras escalaba incluso parte de los elementos escenográficos.
Alcina, la fuerza motriz de la obra, fue interpretada por Shakèd Bar, de voz cubierta que, a pesar de algún ligero amaneramiento –en aras de una mayor credibilidad a su maligno personaje–, sorprendió por su aplomo y su homogeneidad en el registro central. Dominadora sobre la escena y con una certera impostación, imprimió calidez vocal y solventó varios compases de gran dificultad por las coloraturas y los amplios saltos interválicos, siempre de gran exigencia.
Serena Pérez evidenció su evolución vocal de los últimos años a través de un Medoro que hizo suyo y le permitió soldarse a las indicaciones de Zapico, ajustar los fraseos y teñir de elegancia sus intervenciones –algunas de ellas con agilidades en una tesitura ciertamente incómoda– de forma sobresaliente sin perder el carácter del personaje. Menos acertada estuvo la mezzo griega Maria Zoi en el papel de Bradamante, superada en volumen por la orquesta y con varios desajustes a lo largo de la obra. César San Martín sufrió para sacar adelante su papel de Astolfo. Seguramente no se trate de la voz más adecuada para el repertorio barroco y así se percibió en su aria inicial, con algún desajuste de tempi y afinación, pero el barítono, de menos a más, se mostraría sólido en sus intervenciones del acto central y, especialmente, en el aria "Di bravura" del tercer acto.
Oviedo Filarmonía dio muestras de su versatilidad afrontando un repertorio que no figura entre sus predilectos. Los músicos implementaron un arsenal de efectos que subrayaban la retórica musical de la que se encuentran repleta esta partitura y Zapico extrajo una gran sonoridad de la formación sinfónica, bien ensamblada y con una cuerda especialmente luminosa comandada por Jorge Jiménez. Igualmente, muy buen trabajo de los músicos que hicieron las veces de continuo. El coro titular de la Ópera de Oviedo (Coro Intermezzo) rindió al nivel que acostumbra en sus intervenciones, muy equilibradas y empastadas, con un volumen notable y un color muy sugerente. Bailarines y figurantes también cumplieron acertadamente con su cometido.
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