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Opinión

Breda: el aniversario de un mito

En junio se cumplieron cuatro siglos de la rendición de la ciudad holandesa frente a los tercios, inmortalizada por Velázquez

Javier Larrea, graduado en Historia por la Universidad de Oviedo y doctorando en Investigaciones Humanísticas, escribe este artículo sobre el 400.º aniversario de la rendición de Breda, que aborda el jueves en una conferencia prevista a las 19.00 horas en la Delegación de Defensa

Breda es uno de los episodios más célebres de la historia de España, y tal vez uno de los más peor conocidos. Y lo es a partes iguales por la obra de Diego Velázquez.

Breda ha quedado grabada a fuego en la memoria de los españoles exactamente igual que conseguiría Goya con las escenas del 2 de mayo en Madrid casi doscientos años después. La ciudad, rendida a unas tropas españolas perfectamente formadas frente a unos soldados holandeses agotados, columnas de humo en el horizonte y el gesto de magnanimidad del general Spínola con su adversario vencido, Justino de Nassau. Esta espectacular estampa, realizada con maestría, ha aparecido en billetes, libros de textos, postales y folletos al punto de convertirse en un símbolo de la construcción ideológica de España.

El maestro español pintó la escena que ha venido a definir a los tercios españoles: soldados con marcadas patillas y barbas, formación de lanzas perfectamente alineadas, y una ciudad a lo lejos (pintada con colores oscuros) para resaltar la imagen de la rendición. Todo esto no es más una ilusión, aunque no nos parezca evidente.

El pasado mes de junio se cumplieron 400 años de la rendición de la ciudad, plaza considerada inexpugnable, durante la Guerra de los Treinta Años, uno de los conflictos más grandes y devastadores de la historia de Europa. Esta guerra, en un principio de carácter religioso por la lucha entre católicos y protestantes, comenzó con una clara ventaja para los primeros, que empezaron ganándola holgadamente. Las fuerzas de Felipe IV de España cosecharon en 1625 un conjunto de victorias espectaculares: Cádiz, Génova, San Juan de Puerto Rico, Salvador de Bahía y Breda. Todas ellas quedaron inmortalizadas por maestros de la pintura, cuyos respectivos cuadros se encuentran hoy en el Museo del Prado expuestos imitando su antigua ubicación, pues estas obras y otras que muestran victorias españolas se confeccionaron especialmente para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, donde estaban expuestos de forma conjunta.

Sin embargo, la imagen que Velázquez dejó de Breda no puede estar más distanciada de la realidad del asedio: la plaza no se tomó al asalto, sino que se rindió después de que a la guarnición se le acabaran los suministros tras un año de sitio; la mayor parte de las tropas (incluido el general Spínola) eran italianas y no españolas, y la escena de la entrega de llaves jamás ocurrió. A esta misma imagen contribuiría otro gigante del Siglo de Oro como sería Pedro Calderón de la Barca, que escribiría una obra de teatro dedicada al asedio, en la que probablemente se inspiró Velázquez.

El cuadro del pintor sevillano es un ejemplo perfecto de cómo se construyó la imagen de España mucho antes de que entrara en escena el nacionalismo, el movimiento que construiría la nación como comunidad imaginada. Estos últimos años, a raíz de las constantes polémicas habidas acerca de la historia de nuestro país, la cuestión de cómo se construye la imagen de un acontecimiento ha vuelto a saltar a la palestra, pues numerosos historiadores han tenido que señalar de nuevo que, si bien elementos como cuadros son documentos históricos, estos deben ser despedazados por la crítica científica, y no utilizados como prueba para ensalzar una supuesta gloria nacional.

La interpretación correcta del cuadro podría distar mucho de la que popularmente se ha hecho a raíz de la enorme reproducción de la estampa del lienzo: Velázquez presentaría el cuadro una década después de la victoria de los tercios, precisamente en el momento en el que la guerra empezaba a ser favorable para los enemigos de la monarquía española: Francia entró en la contienda en 1635, y la propia Breda se perdió definitivamente en 1637, cuando los holandeses la reconquistaron. Por ello, la interpretación del cuadro debe unirse a la fecha en la que se realizó: ¿quiso Velázquez mostrar una victoria impecable, o enseñar un mensaje de conciliación (el inmortal gesto de Spínola con el vencido) para con las potencias enemigas precisamente cuando España empezaba a perder la guerra? n

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