Opinión
El círculo del compás

Nuria Fernández, en su negocio / David Cabo
Hace un tiempo, Nuria Fernández, dueña de una tienda de calzado en el centro de Oviedo, me describía así la situación del pequeño comercio de la ciudad: «Coges un compás, pinchas en el teatro Campoamor y lo que quede dentro del círculo aguantará; pero fuera, nada». Fernández visualizaba de ese modo el perjuicio al sector que, en su opinión, están causando tendencias como el «Black Friday», el «CyberMonday» y la venta en grandes plataformas de internet.
Cualquiera que pasee por Oviedo con los ojos abiertos no tendrá más remedio que darle, al menos en parte, la razón. A poco que uno se aleje del círculo del compás (es decir, más allá del entorno de Uría, Pelayo, Palacio Valdés y el Antiguo), la ciudad está plagada de locales vacíos. Hay calles en las que se te cae el alma a los pies: escaparates oscurecidos, cristales polvorientos, carteles de «se alquila», «se traspasa», «disponible»… Los que sobreviven, además, están amenazados por la ausencia de relevo generacional.
Las dificultades del comercio de proximidad de Oviedo (en realidad, de cualquier ciudad del mundo) escenifican el impacto a pie de calle de los dos grandes fenómenos de la economía moderna: la revolución digital y la globalización. De manera resumida, estas son las posiciones al respecto: los defensores del pequeño comercio opinan que los grandes complejos (como Parque Principado, por ejemplo) y los gigantes del comercio electrónico (como Amazon) están abocando al cierre a miles de negocios y, con ello, destruyendo la vida de los barrios. Al otro lado argumentan que los nuevos formatos son compatibles con las tiendas de toda la vida, que empresas como Amazon ayudan a muchos establecimientos a vender sus productos y que, en última instancia, se trata de que el consumidor escoja en libertad dónde y cómo comprar.
La aparición de esa palabra, «libertad», añade hondura al debate y lo aproxima al terreno ideológico. Un esquema simplista situaría la defensa del pequeño comercio en posiciones de izquierdas, dejando la defensa de Amazon y compañía en manos de la derecha. Pero el asunto es más complejo. A fin de cuentas, los dueños de los comercios que luchan por sobrevivir son empresarios que desean, entre otras cosas, una menor carga fiscal (postura asociada a la derecha); y los trabajadores del nuevo centro logístico de Amazon en Siero (que he podido visitar varias veces) son en muchos casos humildes currantes (teóricamente más defendidos por la izquierda) que están encantados con su labor y desmienten la leyenda negra de la compañía.
Por otro lado, la palabra «libertad» suele emplearse a la ligera en discursos políticos facilones. Pero rara vez se menciona el envés de la libertad, que es la responsabilidad, así como la obviedad de que elegir una cosa supone renunciar a las demás. No quiero moralizar: compro de vez en cuando en Amazon y en grandes superficies. Tampoco es que me sienta mal por hacerlo: hay productos que no se consiguen en una tienda del centro de Oviedo. Pero otros sí. Y cada vez que los adquiero pulsando la pantalla de mi teléfono estoy rechazando comprarlos en un comercio de proximidad.
Otro argumento habitual de los partidarios de las grandes plataformas se resume en coletillas como «no se pueden poner puertas al campo», «es por donde va la economía…». Una especie de fatalismo según el cual el avance tecnológico, virtuoso en sí mismo, convierte en obsoleta o reaccionaria cualquier consideración sobre sus consecuencias socioeconómicas.
Pero las acciones, ay, siempre tienen consecuencias. Nuestros hábitos de consumo tienen un efecto directo en la configuración de nuestro entorno más cercano. Cuanto más recurramos a nuestros rectangulares teléfonos para comprar, más se reducirá el círculo del compás en el que se atrincheran los últimos mohicanos del comercio de barrio. Hasta que el tamaño del círculo sea el de la punta de su aguja.
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