Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Movember, el bigote como bandera de una causa solidaria

Noviembre ya no es un mes cualquiera. Desde hace años, noviembre se ha convertido en Movember, un movimiento global que invita a los hombres a dejarse bigote para visibilizar algo mucho más profundo que una moda o un cambio de look: la lucha por la salud física y mental. Porque detrás de cada bigote crecido con orgullo hay un mensaje de prevención, de empatía y de compromiso con causas que afectan directamente a millones de hombres en todo el mundo: el cáncer de próstata, el cáncer testicular y los problemas de salud mental.

En Asturias, este movimiento tiene un nombre propio: Gerardo Albornoz. Fue él quien, hace ya una década, trajo el espíritu Movember desde Australia hasta nuestra tierra. Desde entonces, con constancia, creatividad y un equipo de colaboradores entusiastas, Gerardo ha conseguido que Movember Asturias sea mucho más que una campaña: es un símbolo de comunidad, de unión y de responsabilidad colectiva. En estos diez años de trabajo han recaudado cerca de 110.000 euros destinados a investigación, prevención y concienciación. Una cifra que impresiona pero que, sobre todo, emociona, porque detrás de cada euro hay gestos, conversaciones, y sobre todo, hombres que se atreven a cuidarse y a hablar de lo que antes callaban.

Gracias a la labor de Gerardo y de sus compañeros –y aquí podría citar nombres como Antonio Virgili pero seguro que me dejo a muchos más–, Movember Asturias ha logrado captar embajadores que dan la cara, o mejor dicho, el bigote, por la causa. Yo mismo tengo el honor de ser uno de ellos, y desde mi humilde posición trato –y seguiré tratando– de fomentar esta lucha. Porque es la suya, la de Gerardo, la de todos nosotros.

Dejarse bigote en noviembre es un gesto sencillo, incluso divertido, pero con una carga simbólica enorme. Es un reto visible: una manera de iniciar conversaciones que antes no teníamos. Pequeñas acciones, como no afeitarse durante un mes, pueden convertirse en algo mucho más grande. Cada vez que alguien pregunta «¿por qué te has dejado bigote?», se abre la oportunidad de hablar de prevención, de salud, de lo que tantas veces evitamos por miedo o por pudor.

Y es que hablar de ir al urólogo sigue siendo, para muchos hombres, un tema incómodo. Pero es necesario. La prevención salva vidas. El cáncer de próstata y el cáncer testicular no son temas menores. ¿Quién no conoce a alguien cercano que lo haya padecido o lo esté padeciendo? Por desgracia, son muchos los casos que nos tocan de cerca, incluso entre deportistas de élite. Hemos visto a futbolistas de Primera División enfrentarse valientemente a estas enfermedades y su ejemplo público ha ayudado a romper tabúes, a normalizar las revisiones y a poner la salud masculina en el centro del debate.

Hace ya más de una década, en mi libro «Cómo triunfar en la era de la imagen. Claves psicoestéticas para el siglo XXI» (2013), dediqué un capítulo titulado «Bigote busca valiente». Entonces, mi reflexión era puramente estética: decía que los bigotes estaban en peligro de extinción, desplazados por una moda que privilegiaba el afeitado perfecto y el rostro impoluto. Recordaba entonces a figuras históricas de bigote inconfundible —Hitler, Stalin, Franco o Tejero— que habían contribuido, sin quererlo, a asociar el bigote con un símbolo de poder autoritario, y que quizás por eso la sociedad lo había relegado.

Pero no acerté plenamente. El bigote no estaba en peligro de extinción: estaba esperando un nuevo sentido. Y ese sentido lo trajo Movember. Hoy, el bigote es un emblema de solidaridad, de cuidado y de valentía.

Solo hay que mirar a nuestro alrededor para comprobarlo. En el fútbol, por ejemplo, abundan los bigotes que se llevan con orgullo, Vicente del Bosque y sin irnos muy lejos, en Primera División en la plantilla del Real Oviedo lucen bigote jugadores como Nacho Vidal o Rahim. Camello en el Rayo, Damián en el Celta, Víctor en el Levante, Romero en el Espanyol, Abdón en el Mallorca, Bellerín en el Betis, Ousmane Dembélé en el PSG o Raphinha del Barca y de nuestra Selección Nacional, David Raya, Marcos Llorente y Pedro Porro, entre otros muchos. Son pequeños ejemplos, pero ilustran cómo el bigote, más allá de la estética, se ha convertido en un signo de identidad que visibiliza un problema real.

Y eso es lo que más me emociona de Movember: que ha logrado transformar un simple gesto estético en una poderosa herramienta social. No se trata de moda, se trata de conciencia. No se trata de lucir un estilo, sino de defender una causa.

Desde mi oficio como psicoesteta y estilista, siempre he defendido que la imagen no es superficialidad, sino una expresión de quiénes somos, de cómo nos sentimos y de qué queremos comunicar. En este caso, el bigote comunica compromiso, empatía y coraje. Es una forma de decir: «Estoy aquí, me importa, quiero hablar de esto».

Por eso, mi invitación es clara: hay que dejarse bigote. Hay que mostrar el problema. Hay que convertir noviembre en una declaración de intenciones.

Cada bigote que crece este mes en Asturias, en España o en cualquier parte del mundo es una bandera silenciosa que nos recuerda que la salud no es algo que debamos esconder. Que hablar de emociones, de depresión o de ansiedad no nos hace menos hombres, sino más humanos. Que ir al médico a tiempo puede salvar vidas. Que cuidar de uno mismo es también cuidar de los demás.

Gracias, Gerardo, por estos diez años de lucha, de constancia y de inspiración. Gracias a todos los que, desde vuestras oficinas, vestuarios o barberías, seguís impulsando este movimiento que nos une. Porque, al final, la salud masculina no es un asunto de hombres: es un asunto de todos.

Y sí, aquel «Bigote busca valiente» de 2013 hoy encuentra su respuesta. Los valientes existen, y los bigotes, también.

Tracking Pixel Contents