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Opinión

Isabel Tejerina, en sazón autobiográfica

Cuánto valoraría que tantos jóvenes se enterasen de que el franquismo mató y torturó por doquier

Acabo de recibir un libro que, inquieto, esperaba, "Al cabo de los años. Autobiografía interrumpida" de Isabel Tejerina que, como ella misma relata, fue mi novia y, en efecto, mucho quise. Al margen de su propia íntima historia, el libro de "La Vorágine. Colección Cultura crítica" es testimonio muy valioso de la transición española, política y consuetudinaria, provinciana con varias páginas referidas a Oviedo y, antes, a su Mieres natal y adolescente. La conocí, precisamente por sus aficiones dramáticas que bien refleja el libro. Fue en velada del ovetense Colegio Mayor San Gregorio, en la que Isabel daba vida a personaje de Bertolt Brecht. Su voz, grave y segura, destacaba por encima del resto de los voluntaristas actores. Yo me conocía bien el texto por lo que me pasaba como en la ópera cuando esperas la dicción y la armonía correctas para aplaudir. E Isabel, con voz gravísima centraba atenciones de un público juvenil ante el que, punto de genialidad, conseguía ilimitada empatía.

Como obra póstuma hay mucho que agradecer a quienes guardan, salvan y acotan el texto predecesor de la estampa.

Casi a la vez, leo la columna de una autora en medio al que suelo otorgar crédito, Raquel Peláez, columnista semanal de El País, que se refiere a que "en las horas más tensas de la reconstrucción democrática (...) no hubiese habido por medio sustancias euforizantes, nunca se habrían sentado las bases de la concordia (...)" y se extiende en la importancia histórica de la zarpa y las lonchas, sustantivos jamás escuchados por mí con alusión, al parecer, a la cocaína. Soy testigo cualificado, en la oposición democrática de los estertores del tardofranquismo y de la transición y puedo asegurar con rotundidez que aquellas heroicas luchas se hicieron sin pizca de drogas y que lo que escribe Raquel es una falsa estupidez anacrónica. La triste llegada de los estupefacientes a la intelectualidad, y no digamos al Movimiento obrero organizado fue, de haber sido, muy posterior. En "Al cabo de los años"...hay una frescura sin la menor referencia, ni tan siquiera incidental, al yerro que comete la buena de Peláez.

Hay muchas otras referencias que trata Isabel y me hubiera gustado abundar, v.g., caso del cabo Blanco de la Guardia Civil y sus legendarias zurras a cualquier disidente del franquismo en Mieres. Cuánto valoraría, como hace Isabel, que tantos jóvenes que ignoran las tan frecuentes torturas, casi banalizadas, se enterasen de una vez que en el franquismo se mató y torturó por doquier. A ese suboficial Blanco lo conocí una tarde que me visitó en el despacho porque quería abonarme, lo que no acepté, la defensa que hice de un hijo y su pareja ante el siniestro TOP, Tribunal de Orden Público.

El libro es interesantísimo no solo en la parte memorialista sino también en todos sus apéndices, uno de los que se refiere al asesinato de mi compañero del FLP, Enrique Ruano Casanova, que la siniestra Brigada Político Social precipitó por un ventanal. Tras Asturias, Isabel ejerció en Cantabria de enseñante y fue concejal de Santander. Como quiera que el contraste a la realidad de esa parte del libro la conozco peor me han emocionado, sin embargo, los detalles del intenso trabajo político y el relato de cómo sufrió la ilegal y arbitraria expulsión de aquella legendaria Corporación primeriza por el miserable y autoritario alcalde Juan Hormaechea.

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