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Goerne hace viajar a la Filarmónica

El barítono alemán, acompañado por el pianista Iddo Bar-Shai, sella un brillante recital con el “Viaje de invierno” de Schubert

La Sociedad Filarmónica de Oviedo, una de las instituciones musicales de mayor antigüedad en la región, continúa avanzando en su proceso de renovación de público a través de una programación que, poco a poco, va recobrando el nivel de los mejores tiempos de la entidad, por la que recalaron algunos de los músicos más importantes del siglo XX. En esta línea, el pasado miércoles se vivió –con el permiso de las citas que aún restan para culminar una temporada que se inauguró hace un par de meses– una de las veladas más especiales gracias a la elegancia y expresividad de Matthias Goerne. El barítono alemán planteaba un programa sumamente interesante mediante el «Viaje de invierno» (de Franz Schubert sobre textos de Wilhelm Müller), un ciclo de veinticuatro lieder que el germano interpretó sin partitura, todo un caramelo para un público mucho más numeroso de lo habitual.

Goerne cautivó a los asistentes desde el primer momento, mostrando un timbre más oscurecido del que recordamos de su última visita a Oviedo, con unos graves prominentes y bien timbrados y unos agudos cubiertos para los que, en los primeros temas, optó por una utilización del registro de cabeza sin perder demasiado cuerpo ni volumen.

La expresividad dominó el recital y Goerne se mostró muy cuidadoso con la dicción, extrayendo todo el lirismo posible a cada frase –por ejemplo en «El Tilo»–, dialogando de forma constante con Iddo Bar-Shai (piano) que sirvió de apoyo al barítono, pendiente de caer siempre juntos y respirando con el lírico para ofrecerle el descanso preciso. Este aspecto fue más notorio en las últimas piezas, donde Goerne evidenció incomodidad ante un leve proceso catarral que le hizo echar mano al pañuelo en alguna ocasión y le exigió en los amplios fraseos de «El mojón». Debemos valorar este hecho a favor del artista ya que ejecutar, mermado de salud, un repertorio tan exigente donde el barítono se encuentra totalmente expuesto es una mezcla de valentía y oficio que tal vez no sea la tónica imperante hoy en día.

La interpretación no estuvo exenta de algunos amaneramientos vocales, si bien lejos de quebrar la evocadora atmósfera reinante, demostraron el dominio de la obra por parte del artista, quien no dudó en imprimirle un sello personal a su ejecución. El manejo del volumen fue otro gran acierto, ya que Goerne plasmó el significado textual a través de unos pianos muy íntimos y delicados y de unos fortes donde evidenció un desbordante registro medio y una portentosa proyección, como se pudo apreciar en el lied «En el río». Debemos recordar que, inicialmente, el ciclo estaba escrito para tenor, pero las sucesivas adaptaciones y arreglos han permitido que, en la actualidad, pueda ser interpretado por casi cualquier vocalidad. En este sentido, la amplia voz de barítono no fue un obstáculo para Goerne a la hora de afrontar los pasajes de mayor velocidad, soldado siempre a Iddo Bar-Shai, jugando con la retórica -musical y textual- que impregna cada uno de los lieder.

En definitiva, un recital extraordinario que debe servir de estímulo a la junta directiva de la Filarmónica ovetense para mantener esta línea de programación y devolver a la centenaria institución al lugar que, por derecho, le corresponde en el panorama cultural asturiano.

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