Opinión
Misael Campo, un aria inolvidable
Gran publicista, fue un melómano sin fronteras e hizo de la amistad un arte
Mis culpas las borrará el olvido pero mi amor nunca morirá.
«Rigoletto» (Verdi)
No hay casa igual en Oviedo. Un templo de intimidad original, personalísimo y elocuente creado y diseñado por un genio: Misael Campo. Rúa 13 fue, además del nombre de una efímera empresa editorial que tuve la fortuna de fundar muchos años ha con él, el lugar donde compartimos incontables horas de charlas hasta las tantas más listas de la madrugada con el aroma a pipa impregnando el ambiente, un ambiente en el que cada mueble, cada viga, cada objeto estaba decidido con el mismo esmero con el que su propietario se dedicó con maestría y audacia al mundo de la publicidad. Curtido en mil batallas y botellas antes de lanzarse a la aventura empresarial, Misael montó de la nada una agencia en la que volcó toda su sabiduría adquirida a pie de calle, regateando caprichos de los clientes con ideas extraordinarias.
De haber cambiado Oviedo por Madrid o Barcelona no tengo la menor duda de que se habría codeado con los más grandes del sector, algunos de los cuales siempre manifestaron un respeto y admiración sin límites. Doy fe. Su vida fue durante un trecho largo fuente inagotable de historias dignas de contar. Me consta, porque leí algunas páginas iniciales, que trabajó en ello, pero su talento desbordante para escribir no encontró el cauce que exige un relato de largo recorrido. Sólo hay que leer la narración que hizo en las redes sociales de su calvario de salud siempre herida, finalmente irreversible, para comprobar lo bueno que era manejando palabras. Sus artículos de opinión eran certeros y originales como sus eslóganes para campañas publicitarias. Y sus dotes de persuasión eran milagrosas. Cuando yo era un niñato aprendiz de todo le acompañé unos días a Benidorm: él iba a buscar publicidad para un suplemento, yo me encargaba de textos para forrar. Entrábamos en un hotel, un restaurante, una discoteca o un despacho municipal sin conocer a nadie y dos horas después salía con una página de publicidad bajo el brazo.
Su inmenso talento estuvo lastrado por una mala salud de hierro de la que se burlaba con su proverbial sentido de humor mordaz y a veces negro. Y por la pérdida de su amada María José, el dique seco que contuvo durante mucho tiempo el oleaje de los excesos. Pero donde más brillaba Misael –el dandi rebelde que protegía con pañuelos una garganta que reproducía de memoria las mejores arias de nuestras vidas– era en la gran representación de la amistad, generosa y leal, y la entrega a los seres más queridos, especialmente una madre por la que sentía una devoción sin límites. n
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