Opinión
Diez años sin Jesús Farpón
Un apasionado del periodismo que amó a Asturias casi físicamente
Carlos Farpón Barcina es hijo del fotoperiodista Jesús Farpón
Se cumplen hoy diez años de tu partida, pero tu recuerdo sigue tan vivo en nosotros como el primer día. Por ello hoy me gustaría contarle al público en general, desde estas páginas, que fueron las tuyas durante tantos años, cómo fuiste y, sobre todo, quién fuiste: la mejor de nuestras compañías.
Jesús Farpón fue, ante todo, un carácter; todo en él iba de dentro a fuera. Pertenecía a ese género de hombres que pasan por la vida despreciando radicalmente la tibieza. Discutió cada idea con vehemencia, porque creía en lo que pensaba, y lo defendía con rotundidad. Amó a su tierra casi físicamente, recorriéndola y conociendo cada rincón y sus gentes, de Taramundi a Corao, de La Griega a Leitariegos, no dejó palmo de tierra asturiana sin patear ni admirar. Quiso a los suyos con ardor: alegre en la efusión amistosa y cercano en el calor del hogar. Vivió la vida como la viven los hombres de verdad: apasionadamente; porque vivir a medias es una forma de empezar a morir.

Diez años sin Jesús Farpón
Fue feliz. Hizo siempre lo que quiso y quiso profundamente lo que hizo. Consagró su vida al periodismo, un oficio que, como él, se acomodaba mal a la rutina. A primera hora de la mañana ya estaba aparcada frente a la redacción, en esa calle que un día lo fue de Calvo Sotelo, aquella furgoneta azul, la farponeta, que aguardaba pacientemente el toque de corneta que le convocaba a correr tras la noticia. Ese aviso, que podía llegar en forma de chivatazo, llamada del 112 o rumor de pasillo, encendía las alarmas y daba paso al ritual. Cuando la furgoneta, que arrancaba cuando quería, finalmente lo conseguía, se lanzaba a la carretera. Al llegar al lugar de los hechos y dar la situación por controlada, empezaba la acción: negociación con la policía, braceo –codazos– con el resto de fotógrafos y ¡tras!, la foto. Una vez en paz con la semeya tomada, tocaba redactar unas líneas, el pie de foto, y regresar a la redacción. Y así, no un día tras otro, sino una hora tras otra, un asalto tras otro.
Un día cualquiera podía empezar cubriendo un incendio en Flor de Acebos, seguir con una tediosa comparecencia de Tini Areces hablando sobre El Musel, continuar retratando al gran Cervero metiendo media docena de goles en cualquier barrizal de tercera y cerrar cubriendo una espicha/inauguración al más puro estilo gabinista. Por eso uno podía encontrárselo persiguiendo un féretro que se alejaba por la A-6, negociando con escoltas para ganarse un buen tiro de cámara, fotografiando un penalti desde la portería contraria –porque detestaba a quienes corrían hacia la otra línea de fondo– o comiéndose un bollín preñao con un chato de vino con el alcalde inaugurador y el vecino recién asfaltado.
Del blanco y negro al color, del carrete a lo digital, de Región a LA NUEVA ESPAÑA: así trascendió al periodismo, que no era para él sino una forma de estar en el mundo, de contarlo, de retratarlo y de dejar constancia.
Pero su vida no acababa ahí. Pisó muchos más charcos, aun sabiendo que podía mojarse, y vaya si se mojó. Desde su juventud sintió en el pecho el ardor de la política y defendió sus ideas con tesón. Fue siempre fiel a la consigna publicada en 1923 en el primer número de Región: "Como buen asturiano amarás a Asturias sobre todas las cosas. Amar a Asturias no excluye, antes fortalece, el amor a España" y se implicó con convicción en la defensa de lo justo y verdadero. Siempre tomó partido. Y con esa misma determinación se entregó también al golf, y nos regaló el Torneo Princesa Letizia, que tantas alegrías como quebraderos de cabeza le dio, pero que tanto nos hizo disfrutar a quienes tuvimos la fortuna de acompañarle en aquellas aventuras por los campos de España.
Y cuando aún parecía que quedaban caminos por recorrer, la vida empezó a torcerse. Por nosotros emprendiste nuevas aventuras, fiel a tu genuina generosidad, aunque ya entonces tu horizonte comenzara a nublarse. Porque incluso en aquellos últimos días, cuando el ocaso empezaba a eclipsar tu luz, todavía brotaba de tu sonrisa —como si de un faro se tratara— la luminaria que guiaría nuestro destino. Pero eso no estaba previsto. Te fuiste demasiado pronto. Eso no estaba en el guion de la vida.
Aceptarlo es comprender que el mundo no se detiene ante las piedras que se cruzan en el camino. Desde que tú te has ido han seguido surgiendo luminosas las mañanas y, bajo un cielo azul, en primavera, han seguido triunfando las flores sobre el yermo del invierno, al igual que vence tu recuerdo al incesante paso del tiempo. Me despido, de nuevo, citando a Itxu Díaz: "Pienso en él y me asalta la duda, lo importante. ¿Estará bien abastecido? Entonces sonrío de pura insensatez al recordar que está con alguien cuya primera hazaña notable fue convertir el agua en vino para evitar que decayese el bodorrio de Caná. De modo que está bastante mejor que nosotros".
Hoy hace diez años que te has ido, pero qué forma de quedarte.
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