Opinión
Miedo y euforia en La Real
Veinte años del cierre de una discoteca histórica
Esta Nochevieja se cumplirán 20 años de la última sesión de La Real, histórica discoteca de Oviedo y referente español de la música electrónica. No me las voy a dar de fiel parroquiano del local durante sus años de gloria, porque sería mentira; ni de experto en DJs, que sería más mentira aún; ni de exconsumidor de sustancias recreativas (que sí me gustaría que fuera verdad, porque eso ayuda a vender libros); pero uno ya va cumpliendo los años suficientes como para que sus memorias de adolescencia evoquen un Oviedo que ya no existe, para bien y para mal. La Real era realmente parte de ese Oviedo.
En el Oviedo de hoy no hay chavalas meando en cuclillas entre dos coches de la calle Cervantes a las 8 de la tarde. Ni muchachos vomitando en un elegante portal de Matemático Pedrayes. Ni señoras bien cruzándose en su paseo vespertino con una tropa formada por camisetas Quicksilver, piercings en la ceja y pelos de punta engominados. Ni el corrillo asistencial en torno al amigo seminconsciente sentado en un escalón. Todo esto abundaba en las proximidades de La Real en las tardes de los sábados, cuando los chavalillos hacíamos cola para entrar en lo que entonces era un templo maldito, tan atractivo como intimidante.
Porque mis amigos y yo encarábamos el trance con bastante miedo, hay que admitirlo. Éramos pijillos ovetenses menores de edad que salían al encuentro de, digamos, realidades humanas heterogéneas, algunas bastante asilvestradas. Pardillos entre chungos, por usar términos sociológicos de entonces. Uno iba a La Real como el torero al ruedo: a caminar sobre un alambre de adrenalina.

Miedo y euforia en La Real
La tensión, como digo, estaba antes de acceder. El motivo era doble. Por un lado, el temor a que nos impidiesen la entrada, dado que aún no teníamos la edad legal. En este aspecto yo a veces tenía enchufe gracias a un primo mío que se movía bien en los ambientes del ocio ovetense y que me conseguía el muy codiciado "pase VIP" para entrar, además, gratis.
El otro factor inquietante eran los porteros: tipos gigantones, hipermusculados y con cara de malas pulgas que vociferaban como gendarmes para mantener a la gente en fila. Con sus camisetas negras de seguridad, parecían un comando de Blackwater. Recuerdo a uno en concreto que, lo juro, tenía pinta de haber matado a tres o cuatro internos de Villabona. Pobre hombre, quizá en realidad fuera delicado como un lord inglés y ahora está leyendo esto con una taza de manzanilla en la mano.
Si había suerte y nos dejaban pasar, soltábamos un suspiro de alivio como el del narco que libra un control del aeropuerto. Estábamos dentro. ¿Quedábamos ya fuera de todo peligro? No tan rápido. Aquello era La Real, un lugar donde muchos de los asistentes tenían un gran pasatiempo además de bailar y beber: mirarte fijamente para que tú devolvieras la mirada y, previa acusación de desafiarles, te ofrecieran unos guantazos. Esto era habitual al cruzarse con otros en las corrientes humanas que se formaban en la muchedumbre. Pronto aprendimos que la solución era mirar hacia abajo perrunamente. No obstante, raro era el día en que no presenciábamos un conato de pelea, con los Blackwater acudiendo raudos a poner orden con métodos expeditivos. También había a veces peleas de chicas, doblemente violentas y visualmente fascinantes.
Más allá de esas escasas pero imprescindibles tácticas de supervivencia, las tardes en La Real eran disfrutonas. Bailábamos hasta sudar como futbolistas. A veces nos animábamos a subir a una tarima para exhibir nuestro dominio rítmico. Y hablando de tarimas, había dos go-gós (una rubia y una morena) que se ganaban bien su sueldo moviéndose a ambos lados de la mesa del DJ (la morena, que se llamaba Rebeca, me traía loco).
Otro momento crítico era el cierre de la sesión de tarde, sobre las 22.00 o 23.00. En otoño e invierno, las masas se abalanzaban al guardarropa como zombis en busca de carne fresca. Las pobres empleadas, sobrepasadas, pegaban unos berridos descomunales. En una ocasión el atasco era tal que desistí y dejé el abrigo allí. Lo pude recuperar el finde siguiente gracias a mi primo, con quien entré a La Real antes de que abriera sus puertas al selecto público. La pista vacía, el local en silencio. Tuve entonces esa sensación tan sabrosa de exclusividad, de invitado a los lugares donde suceden cosas importantes. Y La Real, el Studio 54 de Asturias, era entonces un lugar importante.
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