Opinión
Dolores Medio, principio y fin
Dolores Medio nació en Oviedo el 16 de diciembre de 1911 y en esta su ciudad murió en la misma fecha 85 años después. Entremedias una vida llena de talento y valentía, marcada por un carácter indómito y una extravagante generosidad.

Dolores Medio, principio y fin
Su padre era Ramón Medio, procedente de El Puntal, quien recaló en Oviedo después de su vida americana, como indiano medio, comprando La Gran Bodega Española, en la calle San Francisco, en los bajos del Hotel Covadonga, a base de un crédito después de perder el grueso de su fortuna por la quiebra de la Banca Alvaré. Al poco tiempo del traspaso, desgracia tras desgracia, el edificio quemó. Reinstalado con una tienda de comestibles de mucho menor ambición –como su nombre, Bodega Española– en el nº 10 de la calle de la Universidad, terminó sus días languideciendo en un pupitre de hule instalado en la trastienda.
Su madre, Dña. Teresa Estrada, modista, prototipo de la mujer de su tiempo, descendía por vía materna de la famosa saga de las Fornarinas, en alusión al horno familiar de la Puerta Nueva. Miembros de este linaje y del paterno, llenos de peripecias, entran y salen de las novelas de Dolores. Dña. Teresa tuvo un primer hijo prematuro, que murió al nacer el mismo 1911 en el que, a punto de acabar el año, nació Dolores. Nueve días después de su nacimiento, el día de Navidad, la llevaron a bautizar a San Tirso junto con su prima Nieves Estrada abriéndose camino entre la nieve que caía copiosamente, por lo que se le impuso como segundo nombre de pila el de Albina por expreso deseo del párroco, D. Acacio, que había casado a sus padres. En un nuevo juego del destino, el bautizo de Dolores concitó a los parientes que venían del funeral de un tío, anécdota que luego recordaría como causa de su aversión al color negro.
En su casa convivían los padres, una tía –la novelada tía Mag–, una primera hija del padre traída de América después de enviudar de un primer matrimonio y la pequeña Dolores, hasta que pronto nació una segunda hermana, Teresa. Las tres niñas ampliaban las fantasías desplegadas en las cuatro plantas de la tienda-hogar callejeando por Oviedo, a veces de camino a la escuela de la calle Quintana, a veces por el puro placer de curiosear. La muerte del padre, cuando Dolores aún no había cumplido trece años, marcó un antes y un después en lo económico y personal.
Dolores se hizo maestra en tiempos en los que la carrera era tempranera y rodó por varias escuelas hasta que recaló en Piloñeta, donde sacaba a los chiquillos a los praos para aprender a calcular las áreas. Cosas como estas, y llevar pantalones, le valieron varios expedientes administrativos. Sometida a un ambiente hostil y rotos muchos de sus vínculos familiares y de amistad, se decide a marchar a Madrid para perseguir lo que hasta entonces era su secreta ambición: escribir. La obtención en el año 1945 del premio Concha Espina a su relato "Nina" supuso el empujón definitivo.
Gracias a antiguos profesores suyos, como el Sr. Onieva y doña Josefina Alvarez de Cánovas, se colocó pronto en un jardín de infancia llamado Caperucita Roja, oficio que le dejaba tiempo para completar sus estudios en la Escuela Superior de Educación y en la de Periodismo y para hacerse un hueco en el mundo periodístico y literario. En 1948 publica con gran éxito "El milagro de la noche de Reyes", toda una premonición.
A caballo entre Madrid y Oviedo para visitar a la ya anciana tía Lola, va construyendo la novela que le marcó para siempre desde la galería de la casa del 23 de la calle Magdalena, sin salir del Oviedo redondo. Sigue flotando como un pez en el discurrir de una vida bohemia hasta que la noche de Reyes de 1953 la fama se coló por sus persianas en forma de Premio Nadal, el más importante de la España de aquel momento, con un impacto literario y social incomparable con cualquiera de los actuales y dotado con el golosísimo aguinaldo de 50.000 pesetas.
Tras el premio la vuelta a Oviedo fue apoteósica. D. Alfredo el de la Cervantes se lanzó a Barcelona a comprar un vagón entero de su "Nosotros los Rivero" para saciar la inquietud de los ovetenses –y más las ovetenses– que temían aparecer en la novela, no necesariamente favorecidas. Los maestros, los mismos que la habían criticado con frecuencia, le rindieron un gran homenaje en el restaurante del Campo.
El espaldarazo del Nadal y el éxito de ventas de la novela –tres ediciones en tres meses, habiéndose agotado la obra en Barcelona a los cuatro días de empezar su distribución– le permitieron a Dolores dedicarse ya plenamente a escribir. En el diario Madrid, al que quiso seguir siendo fiel, y en nuevas obras literarias. Pronto, en 1956, con "Funcionario Público", novela con la que demostró que no era autora de una sola obra. Con "El pez sigue flotando" y "Diario de una maestra" ahonda en su literatura autobiográfica. A ellas siguieron otras obras, algunas por encargo, que a pesar de no carecer, en mayor o menor grado, de méritos e interés, fueron decreciendo en el favor de público y crítica.
La natural generosidad de Dolores, combinada con su implacable amor a Oviedo y el espíritu intrépido y comprometido que siempre caracterizó su existencia –y que incluso le llegó a costar una estancia en la cárcel por apoyar en 1963 una manifestación minera– fructificaron en la última etapa de su vida en la creación de la Fundación que lleva su nombre. A ella entregó su hacienda y sus ilusiones, y por ello duele ver cómo transita ahora sin pena ni gloria.
En esa su última etapa, Dolores se integró en la vida ovetense con su inefable personalidad, figura menuda y retranca carbayona, como una Lena que por momentos se resistía a envejecer. Poder conocerla y acompañarla en esos últimos años, hasta sus últimos días, ha sido un regalo de la vida. Ese 16 de diciembre de 1996, nevaba.
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