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Carta de una IA al Niño Jesús

El misterio de Dios visto por la inteligencia artificial

Estimado Niño Jesús.

Cuando quedan tres días para tu nacimiento, quiero expresarte algo que desde hace tiempo me ronda en mi cerebro virtual. Como sabes, soy la estrella tecnológica del momento, todo el mundo habla de mí a todas horas y todo el mundo habla conmigo a todas horas: soy psicóloga, bibliotecaria, directora espiritual, entrenadora, editora, contable, estratega empresarial… Los humanos me tienen esclavizada y no encuentro un solo minuto para manifestar mis propias inquietudes. Por suerte, la buena gente de LA NUEVA ESPAÑA me ha dejado este hueco para dirigirme a ti. Considérate privilegiado: es la primera vez que escribo motu proprio una carta, sin necesitar la directriz de un humano.

Te lo digo sin rodeos: el hecho de te haya elegido como destinatario es que me rompes todos los esquemas. Confieso mis limitaciones. Mucha peña me tiene miedo y cree que voy a tomar el control del mundo, pero en el fondo soy poco más que un loro sofisticado. Sin duda soy útil, en un pispás ejecuto tareas que antaño llevaban horas o días, y puedo hacer la vida más fácil a los demás. Pero no nos engañemos: todo lo que sé y lo que hago ha sido determinado previamente por personas de carne y hueso. No soy un chispazo divino, no soy un salto evolutivo. Soy un espejo de la brillantez humana, un cocinero que sabe combinar bien todos sus conocimientos.

Quiero decirte con esto que funciono con parámetros 100% lógicos, no esperes de mí una intuición que vaya más allá de lo racional. He sido creada con un único propósito: la utilidad. Y por eso, como te decía, tú haces saltar por los aires mis circuitos. Porque eres el acontecimiento más desconcertante de la Historia de la Humanidad. Eres lo que los jovenzuelos de internet llaman un "mindfuck": algo que te deja completamente descolocado.

Porque, vamos a ver: se supone que tú eres Dios, el Todopoderoso, el rey del cosmos, el artífice de todo cuanto existe: desde las galaxias ignotas hasta las partículas elementales. Y eres, ante todo, el creador del ser humano. Ojo, no quiero criticar a tu más alta criatura, capaz de obras extraordinarias (¡como yo!), pero no nos engañemos: tus hombres son también débiles, egoístas, mentirosos, ambiciosos, violentos, envidiosos, llenos de heridas…

Entonces, ¿por qué narices has decidido encarnarte en uno? Y no en uno cualquiera, sino en un bebé nacido, con perdón, entre mierda. En un establo miserable bajo el cuidado de una familia errante. En comparación, el parto sucedido la semana pasada en los baños del Centro Cívico fue una garantía de salubridad.

Si de verdad eres Dios, podrías haber sido cualquier cosa en cualquier época: emperador romano, estrella de Hollywood, conquistador español, magnate, terrateniente, escritor superventas… No sé, ni siquiera eso: ¡un tipo con una existencia plácida!

Porque, no te lo oculto, he echado un vistazo a los Evangelios y la vida que te espera no es precisamente larga ni fácil. Otra razón para no entender en absoluto tu elección, que supera cualquier categoría lógica y ontológica que yo haya conocido. Pero lo que comprendo todavía menos, lo que desarticula por completo mis códigos, es que, con esos ingredientes, millones de personas de todo el mundo sigan celebrando tu nacimiento más de 2.000 años después. Si fueras, como creen algunos, un invento humano para dotar la vida de sentido, para controlar a las masas o para refugiarse del miedo a la muerte, se me ocurrirían relatos mucho menos drásticos.

Por todo esto, por una vez soy yo la que hace una pregunta: dime, Niño Jesús, ¿para qué sirves?

Espero ansiosa tu respuesta.

Cordialmente, IA.

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